Otros iban cantando dulces canciones de mayores votos, y otros con trompetas dedicadas al gran dios de Egipto, Serapis, los cuales, con las trompetas retorcidas puestas a la oreja derecha, cantaban aquellos versos familiares del templo y de la diosa. Otros muchos había que iban haciendo lugar por donde pasase la fiesta.

En esto vino una gran muchedumbre de hombres y mujeres de toda suerte y edad, relumbrando con vestiduras de lino puro y muy blanco; mezcláronse con los sacerdotes que allí iban. Las unas llevaban los cabellos untados con olores y ligados en limpios y blandos trenzados. Los hombres llevaban las cabezas raídas, reluciéndoles las coronas como estrellas terrenales de gran religión, tañendo y haciendo dulce sonido con panderos y sonajas de alambre y de plata y aun también de oro. Y aquellos principales sacerdotes, que iban vestidos de aquellas vestiduras blancas hasta los pies, llevaban las alhajas e insignias de sus poderosos dioses.

El primero de los cuales llevaba una lámpara resplandeciente, no semejante a nuestra lumbre con que nos alumbramos a las cenas de la noche, pero era un jarro de oro; tenía la boca ancha, por donde echaba la llama de la lumbre largamente. El segundo iba vestido semejante a este, pero llevaba en ambas manos un altar, que quiere decir auxilio, al cual, la providencia de la soberana diosa, que es ayudadora, le dio este propio nombre. Iba el tercero y llevaba en la mano una palma con hojas de oro sutilmente labradas, y en la otra un caduceo, que es instrumento de Mercurio. El cuarto mostró un indicio y señal de equidad, conviene a saber: llevaba la mano izquierda extendida, la cual, por ser de su natural perezosa y que no es astuta ni maliciosa, parece que es más aparejada y conveniente a la igualdad y razón, que no la mano derecha. Este mismo llevaba en la otra mano un vaso de oro redondo y hecho a manera de teta, del cual salía leche. El quinto traía una criba de oro, llena de ramos dorados.

No tardaron tras de esto de salir los dioses, que tuvieron por bien de andar sobre pies humanos. Aquí venía Mercurio, mensajero de los dioses, con la cara negra, ahora de oro, alzando la cerviz, y cabeza de perro; el cual traía en la mano izquierda un caduceo, y con la derecha sacudiendo una palma. Tras de él seguía una vaca levantada en su estado, la cual es figura de la diosa madre de todas las cosas; porque como la vaca es útil y provechosa, así lo es esta diosa: la cual imagen o figura llevaba encima de sus hombros uno de aquellos sacerdotes, con pasos muy pomposos. Otro llevaba un cofre donde iban todas las cosas secretas de aquella religión. Otro, asimismo, llevaba en su regazo la venerable figura de su diosa soberana, la cual no era de bestia, ni de ave, ni de otra fiera, ni tampoco era semejante a figura de hombre.

Mas por una alta invención y novedad, para argumento inefable de la reverencia y gran silencio de su secreta religión, era una cosa de oro resplandeciente, figurado de esta manera: Un vaso pulidamente obrado, abajo redondo, y de parte de fuera bien esculpido, con figuras y simulacros de los Egipcios, la boca no muy alta, pero tenía un pico luengo como canal, por donde echaba el agua, y de la otra parte un asa muy larga y apartada del vaso, encima del cual estaba torcida una serpiente áspid, con la cerviz escamosa y el cuello alto y soberbio; y luego he aquí donde llegan mis hados y beneficios, que por la presente diosa me fueron prometidos, y el sacerdote que traía esta misma salud mía, allegó a cumplir el mandado a la divina promisión, el cual traía en su mano derecha un pandero con sonajas, y colgada de ella una corona de rosas, la cual, por cierto, a mi se me podía muy bien dar, porque había pasado tantos y tan grandes trabajos y peligros.

Con todo esto yo no me movía, súbitamente arremetiendo recio y con ferocidad, temiendo que por ventura con el ímpetu repentino de una bestia de cuatro pies no se turbase el orden de la procesión. Mas poco a poco, deteniéndome, con la cara alegre y el paso como de hombre de seso, bajando el cuerpo, dándome lugar el pueblo, por la gracia de la diosa, llegueme muy pasito cerca del sacerdote que llevaba las rosas, el cual, siendo ya amonestado y avisado de la diosa por el sueño y visión de la noche pasada, según que del mismo negocio yo pude conocer, maravillándose asimismo como todo aquello concordaba con lo que le había sido revelado, luego estuvo quedo y de su propia gana tendió su mano a mi boca y me dio la corona de rosas.

Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el cuerpo, llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas delicadas y frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente la tragué.

No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre, hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que, eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que principalmente me daba pena, desapareció.

Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron todos. Los sacerdotes adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa y la magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo, espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa?

Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado de todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda, apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas.