Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se quitó una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote, con alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me habló de esta manera:
—¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona, ni aun tampoco la ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia de tu mocedad, puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el premio y galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho!
Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte con estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no por ella vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con su furia cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra materia donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios la majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha lugar ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la fortuna los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en que te puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste, o el miedo de la muerte en que cada día te puso?
Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa, y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.
De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella compañía de religiosos, iba en la solemne procesión acompañando aquella solemnidad, señalándome y notándome con los dedos y gestos todos los de la ciudad, y todos hablando de mí, diciendo:
—La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha, que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas.
Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos a la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa.
La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual estaban escritas unas letras que declaraban el voto de los que ofrecían, por que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la nave su mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su entena y su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro, con las cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro limpio y muy pulido.
Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con sus harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y asimismo desmenuzadas estas cosas con leche, las lanzaban sobre las ondas de la mar, por ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que la nao, llena de estos dones y otras largas promesas y devociones, sueltas las cuerdas de las áncoras, fue echada en la mar con su sereno y próspero viento, la cual después, con su ida, se nos perdió de vista. Los que traían las cosas sagradas, tomando cada uno lo que traía a cargo, alegres y con mucho placer, en procesión como habían ido, se tornaron a su templo.
Después que hubimos llegado al templo, el principal de los sacerdotes y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que eran novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario, adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego, diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo, diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir buenaventura, como el escribano decía.