Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna que me había acontecido.
III.
Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo de entrar en la religión de la diosa, y cómo fue primero industriado para recibirla.
La fama, que vuela con sus alas muy ligeramente, no cesó ni fue perezosa, antes voló muy presto en mi tierra, recontando el honorable beneficio de la providencia de la diosa, y la memorable fortuna que por mí había pasado. En tal manera, que mis familiares y criados, y asimismo mis parientes, quitado el luto que a mi causa habían tomado por la falsa relación y mensajería que de mi muerte tenían, súbitamente se alegraron, y luego vinieron corriendo a mí, cada uno con su presente, para ver mi presencia.
Yo asimismo, holgándome con ver mi gesto y persona, de lo cual ya estaba desesperado, recibí sus dones y presentes, dándoles muchas gracias por ello, lo cual yo tenía razón de hacer, porque estos mis familiares y amigos habían tenido cuidado de traer cumplidamente lo que había menester, así para vestirme y ataviarme como para el otro gasto. Así que, después que les hube hablado en general y a cada uno particularmente, diciéndoles todas mis primeras fatigas y penas, y el gozo presente en que estaba, torneme otra vez a la muy agradable vista y presencia de la diosa. Y alquilada una casa dentro del cerco del templo, constituí allí mi morada temporal, sirviendo por entonces en las cosas de dentro de casa que me mandaban, estando de continuo en la compañía de aquellos sacerdotes, no apartándome del servicio de la gran diosa; en tal manera, que ninguna cosa pasó, ni hube reposo alguno, sin que viese y contemplase en esta diosa, cuyos sagrados mandamientos y servicios, como quiera que mucho antes a ellos yo me viese obligado, me parecía que ahora lo comenzaba a hacer y a servirla; y aunque en esto yo tenía gran deseo y voluntad, pero excusábame y tenía como religioso temor y vergüenza, mayormente que con mucha diligencia preguntaba la dificultad que había en el servicio de aquella religión, y sabía yo que había gran abstinencia y castidad. Demás de esto miraba con mucha cautela que la vida de aquella religión era disminuida y estaba debajo de muchos casos y ocasiones, lo cual todo pensando entre mí muchas veces, no sé cómo dilataba lo que mucho deseaba.
Estando en este pensamiento, una noche soñaba que el sumo sacerdote me daba y ofrecía la falda llena, y preguntándole yo qué cosa era aquella, me respondió que traía allí ciertas cosas que me enviaban de la ciudad de Tesalia, y que asimismo había venido de allá un siervo mío, que por nombre había Cándido.
Despertando con este sueño, revolvía muchas veces mi pensamiento, diciendo qué cosa podía ser aquesta, mayormente que no me recordaba en tiempo alguno haber tenido siervo que por tal nombre se llamase. Pero porque la adivinanza del señor se enderezase a bien, yo creía y se me figuraba que el ofrecimiento de aquellas cosas que me daban, en todas maneras significaban alguna cierta ganancia.
En esta manera, estando en gran congoja, atónito con la prosperidad de la ganancia, esperaba la hora de maitines para que las puertas del templo fuesen abiertas, las cuales desde que se abrieron, comenzamos a adorar y suplicar a la imagen venerable de la diosa. Y el sumo sacerdote, andando por estos altares y aras, procuraba hacer su sacrificio y divinos oficios. Y después tomó un vaso de agua de la fuente secreta, e hizo la salva, como se acostumbraba en las solemnidades y suplicaciones divinas. Lo cual todo muy bien acabado, los otros religiosos comenzaron a cantar la hora de prima, adorando y saludando a la luz del día, que entonces comenzaba.
Estando en esto vinieron de mi tierra mis criados y servidores que allá había dejado cuando Andria, criada de Milón, me encabestró por su necio error. Así que, conocidos mis criados y mi caballo cándido y blanco que ellos me traían, el cual era perdido y lo había cobrado por conocimiento de una señal que traía en las espaldas, por lo cual yo me maravillaba de la violencia de mi sueño, mayormente que, demás de concordar con la ganancia prometida, me había dado, en lugar del siervo Cándido, mi caballo, que era de color cándido y blanco.
Lo cual todo así hecho, con mucha solicitud y diligencia yo frecuentaba el servicio del templo, con esperanza cierta que por los servicios presentes habría alguna remuneración.