No menos con todo esto, cada día me crecía el deseo y codicia de recibir aquel hábito y religión, por lo cual muchas veces rogué y supliqué ahincadamente al principal de los sacerdotes que tuviese por bien de ordenarme, para que yo pudiese intervenir en los secretos sacrificios; pero él, como era personaje grave y muy afamado en la observancia y guarda de su religión, con mucha clemencia y humanidad, como suelen los padres templar los deseos apresurados de sus hijos, halagaba y aplacaba la fatiga de mi deseo, dilatando mi importunidad con promesa de mejor esperanza, diciendo que el día que cualquiera se hubiese de ordenar, había de ser mostrado y señalado por la voluntad de la diosa, y también por su divina providencia había de ser elegido el sacerdote que había de administrar en sus sacrificios, y por semejante, ella había de declarar el gasto necesario para aquellas ceremonias; las cuales cosas nosotros somos obligados a guardar con mucha paciencia, y guardarnos de ser apresurados, y de ser remisos, apartándonos de no caer en culpa de lo uno ni de lo otro; conviene a saber: que si soy llamado a la religión, no tengo de tardar, y si no me llaman, no ir de prisa; ni hay ninguno del número de estos sacerdotes que tenga tan perdido el seso, ni se pondrá tan a peligro de muerte, que sin ser llamado por la diosa, osase emprender tan sacrílego ministerio, de donde pudiese contraer culpa mortal, porque en mano de esta diosa están las llaves de la muerte y la guarda de la vida, y la entrada de esta religión se ha de celebrar a manera de una muerte voluntaria y rogada salud. Mayormente que esta diosa acostumbraba elegir para su servicio y religión los hombres que ya están en el último término de su vivir, a los cuales seguramente se puede cometer el silencio y autoridad de su orden, porque con su providencia hace tornar de nuevo a vivir a los que, en alguna manera renacidos en esta religión, entran en ella. Por las cuales razones me convenía obedecer el mandamiento celestial.

Y como quiera que clara y abiertamente la diosa, por su gracia y bondad, me hubiese señalado y elegido para el ministerio de su religión, pero que ni más ni menos que los otros sus servidores me había de abstener, guardar y apartar de todos los manjares y actos profanos y seglares, por donde más derechamente pudiese llegar a los secretos purísimos de esta sagrada religión.

Después que el sacerdote hubo dicho esto, no creáis que por ello yo me enojase, ni se corrompió mi servicio; antes muy atento, con grandísima paciencia y sufrimiento, continuamente hacía el oficio que convenía a las cosas sagradas del templo, y no recibí en ello engaño, ni la liberalidad de la diosa poderosa consintió que yo padeciese pena de larga tardanza.

Mas una noche oscura claramente en sueños la vi, diciendo que ya era llegado el día que yo mucho deseaba, en el cual alcanzaría y tendría efecto mi voto y deseo, diciendo asimismo cuánto era lo que se había de gastar en el aparato de los oficios y ceremonias, y como aquel su principal sacerdote, que Mitra se llamaba, me había de juntar y poner en el número de los de aquella compañía sagrada, señalándome por uno de los ministros de aquella religión.

Yo, cuando oí estas razones y otras semejantes palabras de aquella señora, recreado en mi corazón, casi aún no era bien de día, cuando muy presto me fui a la celda del sacerdote. Y yo que llegaba a la puerta y él que salía, dile los buenos días, y con mayor instancia y ahinco que solía, pensaba decirle que tuviese ya por bien de recibirme al servicio y deuda que debía a su religión.

El sacerdote, luego que me vio, antes que nada me dijese, comenzó de esta manera:

—¡Oh, Lucio: tú eres dichoso y bienaventurado, pues que por su propia voluntad nuestra diosa te ha juzgado y escogido por hombre digno para su servicio! Así que, pues esto así es, ¿por qué te tardas y no despachas presto? Este es aquel día que tú mucho deseabas, en el cual por estas mis manos tú serás ordenado para los piísimos secretos de esta diosa y de su religión.

Diciendo esto, aquel viejo honrado me tomó con su mano derecha, y me llevó muy presto a las puertas del magnífico templo, las cuales abiertas con aquella solemnidad que convenía, acabado el sacrificio de la mañana, sacó de un lugar secreto del templo unos ciertos libros escritos de letras y figuras no conocidas; en parte eran figuras de animales, que declaraban lo que allí se contenía, y de partes figuras de sarmientos torcidos y atados por las puntas, por que la lección de las letras fuese escondida de la curiosidad de los legos.

De allí me dijo y enseñó las cosas que era necesario aparejar para mi profesión, las cuales luego yo con alguna liberalidad, por una parte, y mis compañeros por otra, procurábamos comprar y buscar.

Así que venido el tiempo, según que el sacerdote decía, llevome, acompañado de muchos religiosos, a unos baños que allí cerca estaban, y primeramente me hizo lavar, como es costumbre, y después, rezando y suplicando a los dioses, rociándome todo de una parte y de otra, limpiome muy bien y tornome al templo casi pasadas dos partes del día, y púsome ante los pies de la diosa, diciéndome secretamente ciertos mandamientos que es mejor callarlos que decirlos; pero en presencia de todos me dijo estas cosas, conviene a saber: que en aquellos diez días continuos me abstuviese de comer, ayunando, y que no comiese carne de ningún animal ni bebiese vino.