El filósofo, para examinar al hombre, volvía del revés la frase diciendo:
«Más que diez hombres con ojos, vale uno con oídos.»
Por lo demás, si el juicio de la vista fuera superior al de la inteligencia, la sabiduría del águila sería mayor que la nuestra.
Nosotros los hombres no podemos distinguir los objetos ni demasiado distantes ni demasiado cerca; en cierto modo todos somos ciegos, y si quedáramos reducidos a los débiles ojos del cuerpo, tendría razón un famoso poeta al decir «que una especie de nube se extiende ante nuestros ojos impidiéndonos ver más allá de donde llega la piedra que sale de la honda». Pero el águila, cuando con sublime vuelo se lanza hacia las nubes, cuando llega a la región de las lluvias y de las nieves y más allá de las alturas donde se producen el relámpago y el rayo, y que, por decirlo así, son la base del éter y la cima de las tempestades; cuando allí se balancea suavemente a derecha o a izquierda y a su placer mueve la masa de su cuerpo, ayudándose de las alas como de velas, de la cola como de timón y de sus plumas como de remos infatigables, todo lo ve. Irresoluta un momento, suspende de pronto el vuelo, contempla cuanto le rodea y busca y escoge la presa sobre la que ha de arrojarse desde lo alto como el rayo. Desde las nubes, que ocultan su presencia, distingue el rebaño en la llanura, la fiera en la montaña y los hombres en el interior de las poblaciones; les amenaza con la vista y con las garras y se apresta a despedazar con el pico, a desgarrar con las uñas a la descuidada oveja o a la liebre medrosa, o a cualquier otra víctima que el acaso ofrece a su hambre o a sus crueles instintos.
III.
Hyagnis, según la tradición, fue el padre y señor del flautista Marsias, el único que en aquellos siglos rudos poseía el instinto de la música. Desconocía la flauta de muchos agujeros con su flexible armonía y variadas modulaciones, pues este arte, de reciente invención, estaba entonces en la infancia; que nada desde su origen es perfecto, y los elementos ricos en esperanzas preceden siempre a los resultados de la experiencia. Antes de Hyagnis, la mayoría, como el pastor o boyero de Virgilio, no sabían sino
Stridente miserum stipula disperdere carmen.
Aun los que tenían fama de haber profundizado más en los dominios del arte, limitábanse a hacer sonar una sola flauta, como se hace con una trompeta. Hyagnis fue el primero que movió los dedos para producir varios sonidos, el primero que animó dos flautas con un solo aliento, el primero que, por medio de agujeros colocados a izquierda y derecha, produjo el acorde musical mezclando sonidos agudos y notas graves. Marsias, su hijo, heredero de la flauta y del talento paterno, era, sin embargo, un frigio, un bárbaro asqueroso y repugnante, de barba sucia, erizada de espinas a guisa de pelos, y no obstante, se dice (audacia inaudita) que quiso rivalizar con Apolo, como si Tersites compitiera con Nereo, un rústico con un erudito, un bruto con un dios.
Minerva y las Musas fingieron constituirse en jueces para burlarse de la bárbara fanfarronada de este monstruo y para castigarle por su estupidez. Pero Marsias (y este era el rasgo distintivo de su necedad), no comprendiendo que servía de mofa, empezó, antes de hacer sonar la flauta, a decir groseras impertinencias de él y de Apolo. Alabábase de su cabellera echada hacia atrás, de su barba sucia, de su velludo pecho, de que el arte le había hecho flautista y la fortuna indigente; y, cosa ridícula, censuraba en Apolo las cualidades contrarias; que tuviese el cabello largo, gracioso semblante, cutis suave, grandes y variadas dotes artísticas y opulenta fortuna.
«Y además, dijo, su cabellera, arreglada en pequeños bucles y graciosos anillos, cae por ambos lados de la frente; todo su cuerpo es encantador, sus miembros de blancura deslumbradora, su boca profética con igual facilidad habla en prosa que en verso. ¿Qué? ¿Es acaso bella cosa su vestido de finísimo tejido, de blanda tela, teñido de radiante púrpura? ¿Lo es una lira en que brilla el resplandor del oro, la blancura del marfil y el fulgor de los diamantes? ¿Lo es, en fin, murmurar docta y gratamente algunas canciones? Todas estas niñerías no son títulos de virtud, sino signos de afeminación.»