Y por cien bocas entran en el undoso mar.
¿Qué me importa que estos pueblos, situados en los lugares donde empieza el día, muestren en sus cuerpos el color de la noche, y que allí inmensas serpientes luchen con monstruosos elefantes en combates donde igualmente peligran y mueren? Porque estos reptiles encadenan con sus tortuosos repliegues a los elefantes, que no pudiendo desenlazar las patas y escapar a la furiosa presión de las serpientes y a sus escamosas ligaduras, vense precisados a procurar la venganza con el peso de su cuerpo, arrojándose al suelo para aplastar con su masa a los enemigos que les sujetan.
Hay entre los indios gran variedad de razas, pues me agrada más contar los prodigios del hombre que los de la Naturaleza. Una de ellas solo sabe apacentar bueyes, y de aquí que se les llame boyeros. Otras se distinguen por su habilidad en el cambio de mercancías o por su valor en la guerra; de lejos combaten con la flecha, y de cerca con la espada.
Existe además una clase preeminente que se llama de los gimnosofistas. Estos son los que admiro. ¿Por qué? Porque son hábiles, no en propagar la viña o podar los árboles o labrar la tierra; no saben cultivar el campo, ni recolectar el vino, ni domar un caballo, ni sujetar un toro, ni esquilar o apacentar ovejas y cabras. ¿Y qué importa? Saben lo que es superior a todo; todos ellos cultivan la sabiduría, lo mismo los viejos maestros que los jóvenes discípulos, y mis mayores elogios son al odio que profesan a la torpeza del entendimiento y a la ociosidad. Por ello, cuando está puesta la mesa, y antes de traer las viandas, todos los jóvenes dejan sus trabajos y moradas, reuniéndose para la comida, y los maestros les preguntan qué han hecho bueno desde la salida del sol hasta aquella hora del día. Uno refiere que, elegido por árbitro entre dos hombres, ha sabido calmarles la ira, aplacar sus corazones, disipar sus sospechas, y de enemigos que eran, convertirles en amigos; otro dice que ha obedecido todas las órdenes de sus padres; otro que ha logrado con sus meditaciones algún descubrimiento o que lo aprendió por las demostraciones de otro; finalmente, todos refieren lo que han hecho, y el que nada tiene que decir para merecer la comida, es echado fuera, para que continúe el trabajo con el estómago vacío.
VII.
Alejandro, el más ilustre de todos los reyes por sus acciones y sus conquistas, mereció el título de Grande, que le dieron para que quien había adquirido una gloria por nadie igualada, no fuera jamás nombrado sin elogio. Desde que el mundo empezó y la tradición existe, este hombre, cuyo brazo invencible había sometido el universo, es el único superior a su fortuna. Sus más extraordinarios triunfos los provocó con su valor, los igualó con su mérito y los sobrepujó con la grandeza de su alma. Es el único que brilla sin rivales, hasta el punto que nadie se atrevería a esperar su virtud o a desear su fortuna.
Las acciones sublimes que llenan la vida de Alejandro, los brillantes rasgos que causan la admiración, aquella audacia en la guerra, aquella previsión en el gobierno, ha tomado a su cargo el referirlas un poeta eruditísimo y suavísimo, mi Clemente[7], en un maravilloso poema.
Pero ved aquí un rasgo notable entre los que lo son más. Quería Alejandro que su imagen fuera transmitida fielmente a la posteridad, y temiendo que la desfigurasen la generalidad de los artistas, prohibió en todo el universo reproducir su real efigie en bronce, en pintura o por medio del grabado. Polícleto solo fue el encargado de reproducirla en bronce, Apeles de representarla con el pincel, y Pirgoteles de esculpirla con el buril. A excepción de estos tres artistas, cada uno superior en su arte, quien se atreviera a acercarse a aquella santa imagen, debía ser castigado como sacrílego. Gracias a este general temor, Alejandro es él en todos sus retratos. En todas las estatuas, en todos los cuadros, en todos los vasos aparece igualmente el varonil vigor del audaz guerrero, el inmenso genio del héroe en la flor de su bella juventud y con el encanto de su olímpica frente.
¡Oh! ¡Si la filosofía pudiera, como Alejandro, prohibir a lo vulgar reproducir su imagen! Corto número de hombres de bien verdaderamente instruidos, se dedicarían a este estudio que lo comprende todo: al estudio de la sabiduría. La turba grosera, ignorante, inculta, no imitaría a los filósofos hasta en el manto, y a la reina de las ciencias, que no enseña menos a bien decir que a bien vivir, no la deshonrarían con un mal lenguaje y peor conducta. Este doble vicio es facilísimo; nada más común que la violencia del lenguaje, unida a la bajeza de las costumbres. Ambas cosas nacen del desprecio a los demás y a sí mismo, porque prescindir de la moral es despreciarse a sí propio y atacar groseramente a los demás; es despreciar al auditorio. ¿Acaso no es para vosotros el mayor ultraje que os crean íntimamente gozosos por los insultos dirigidos a los hombres más honrados, suponer que no comprendéis el sentido de las palabras bochornosas y deshonestas, o que, si lo entendéis, os agradan? ¿Qué zafio, mozo de esquina o tabernero, no tendría más verbosidad que vosotros para insultar, si quiere tomar el manto?