Además, la filosofía me ha enseñado a amar no solamente a mis bienhechores, sino hasta a mis enemigos; a escuchar la voz de la justicia mejor que los consejos del interés; a preferir la utilidad general a la mía propia. Así, pues, mientras los más aman los efectos de tu benevolencia, yo amo tu inclinación al bien. Me he aficionado a ti al ver tu celo por los negocios de la provincia, celo que te debe proporcionar el apasionado amor de todos: de los obligados, por el beneficio, de los demás, por el ejemplo; porque si los beneficios son útiles a gran número, el ejemplo es saludable a todos.

En efecto, ¿quién no deseará aprender de ti por qué moderación se adquiere esa amable gravedad, esa dulce austeridad, esa seguridad tranquila, esa amenidad que no excluye la energía?

Ningún procónsul, que yo sepa, inspira a África más respeto y menos temor. Jamás, antes de tu mando, se había visto ser más fuerte que la intimidación para reprimir el crimen, la vergüenza de cometerlo.

Ningún otro, con igual poder, repartió más beneficios e infundió menos terror; ninguno trajo consigo un hijo que tanto le asemejara en las virtudes; ninguno ha sido por más largo tiempo procónsul de Cartago; porque cuando tú recorrías la provincia, Honorio quedaba con nosotros, y si nuestro pesar fue más amargo, tu ausencia era menos sentida. En el hijo se encontraba la equidad del padre, en el joven la prudencia del anciano, en el teniente la autoridad del cónsul. Retrata tan fielmente todas tus virtudes, que se te admiraría más por tu hijo que por ti mismo, si este hijo no fuera uno de tus dones. ¡Plegue al cielo que gocemos siempre de tu mando! ¿Para qué esos cambios de procónsules? ¡Años demasiado cortos; meses que transcurren fugaces! ¡Cuán fugitivo es el paso de los hombres virtuosos! ¡Qué rápidamente cumplen su misión los buenos gobernadores! Ya te acompaña, Severiano, el sentimiento de toda la provincia; pero Honorio es llamado por su sangre a la pretura; el favor de los Césares le prepara el consulado. Desde ahora posee nuestro amor, y en él cifra Cartago su esperanza para lo porvenir. ¡Único consuelo que tu ejemplo nos da! Es enviado de lugarteniente, y pronto volverá a nosotros de procónsul.

X.

Citemos primero el Sol, cuyo carro, en su luminosa carrera, inunda el universo con su brillante llama, y la Luna, que refleja dócilmente su luz, y los otros cinco planetas, el benéfico Júpiter, la voluptuosa Venus, el rápido Mercurio, el devorador Saturno, Marte el incendiario.

Hay además otras divinidades intermedias cuya influencia sentimos, pero que no alcanzamos a ver con nuestros ojos, como el Amor y todos sus adherentes, que, invisibles por la forma, conocemos por su fuerza. Esta fuerza es la que, conforme a los designios de la Providencia, ha levantado aquí las encrespadas crestas de los montes, y allá extendido a sus pies el nivel de las campiñas, diversificando por todas partes el curso de los ríos y el verdor de las praderas. Ella es la que ha dicho al pájaro: «Vuela», y a la serpiente: «Arrástrate», a la fiera: «Corre», y al hombre: «Anda».

XI.

Veis esos desgraciados que cultivan una heredad estéril, un campo pedregoso, lleno de guijarros y matorrales, no recolectando ningún fruto en sus arenales pantanosos, no encontrando sino la estéril cizaña y la infecunda avena; pues como no tienen frutos suyos, toman los de otros y cogen las flores del vecino para mezclarlas a sus cardos. Lo mismo sucede a los hombres estériles en virtudes.

XII.