El loro es un ave de la India, casi del mismo tamaño que una paloma, pero de distinto color. No es el blanco leche, ni el tinte amarillento, ni la mezcla de ambos colores con el gris ceniciento; el color del loro es verde desde el nacimiento de las plumas hasta la punta de las alas, y solo el cuello se diferencia por estar rodeado de un círculo de bermellón que, como collar de oro, se repite alrededor de la cabeza en forma de brillante corona. El pico es de una dureza sin igual, y cuando desde la altura se precipita sobre una roca con toda la impetuosidad de su vuelo, el pico es como ancla que lo sujeta. La cabeza es igualmente dura, y por eso, para obligarle a imitar nuestro lenguaje, se le da en ella con una varilla de hierro a fin de hacerle comprender lo que se le manda. Es como la férula del colegial.

Puede ser instruido desde que nace hasta la edad de dos años, porque entonces su garganta se presta fácilmente a todos los ejercicios, su lenguaje a todas las evoluciones. Pero cuando se le coge viejo, es indócil y olvidadizo.

El loro que se presta mejor a reproducir el lenguaje humano es el que se alimenta con bellotas y tiene en las patas tantos dedos como el hombre. En esto se distingue de las otras especies; pero es condición común a todas, la de que, poseyendo la lengua más fuerte que las demás aves, articulan más fácilmente la palabra humana por tener el paladar y la laringe más desarrollados.

El loro habla, o mejor dicho, canta lo que aprende con tan fiel imitación, que al oírle se creería que es un hombre, pero viéndole se reconoce que su palabra es un esfuerzo. Por lo demás, el loro, como el cuervo, no pronuncia más que los sonidos que ha aprendido. Enseñadle palabras indignas y os aturdirá día y noche con sus blasfemias; esta será su poesía y su canción, y cuando agote su repertorio, comenzará la misma cantilena. El único medio de poner coto a su tan indecorosa verbosidad, será cortarle la lengua o devolverle cuanto antes a sus bosques.

XIII.

La filosofía no me ha dado una palabra en el género de canto corto e intermitente que la Naturaleza ha proporcionado a ciertos pájaros. La golondrina se hace oír por la mañana, la cigarra al mediodía, el murciélago al ponerse el sol, la lechuza al oscurecer, el búho durante la noche, y el gallo antes de despuntar la aurora. Todos estos animales parece que se relevan, si se considera la variedad de tiempo y de modo que determinan la hora y el tono de sus cantos. El gallo da el grito de aviso, el búho gime, la lechuza se queja, el murciélago lanza roncos sonidos, la cigarra chirría, la golondrina gorjea. Pero la razón, como la palabra de los filósofos, son de todos los momentos, y así sucede por su carácter imponente de autoridad, de utilidad y de universalidad.

XIV.

Oyendo Crates a Diógenes repetir estas máximas y otras semejantes, tanto se enardeció su ánimo, que un día fue a la plaza pública y arrojó allí todo su patrimonio como vil carga, más embarazosa que útil. Después, en medio de la multitud que le rodeaba, exclamó: «Crates emancipa a Crates.» Desde entonces, solo, desnudo, libre de todo, vivió toda su vida como verdadero hombre feliz.

Buscábanle con tanto empeño, que una doncella de ilustre nacimiento, desdeñando a todos los pretendientes jóvenes y ricos, deseó unirse a él. Crates le descubrió sus hombros, entre los cuales tenía una joroba, puso en el suelo sus alforjas, su bastón y su manto, y le dijo que aquellos eran todos sus bienes, y sus atractivos personales ya los veía, añadiendo que consultara seriamente consigo misma, para que no se arrepintiera después.

Hiparquia, no obstante, aceptó las condiciones, y respondiole que ya había reflexionado y deliberado bastante; que en parte alguna encontraría un marido más rico y más amable y que podía conducirla donde quisiera. El cínico la llevó al Pórtico, y allí, en el sitio más frecuentado, ante todos, y en pleno día, se acostó junto a ella, y ante todos también hubiera consumado el matrimonio, a lo que accedía la joven con igual desenfado, si Zenón no les hubiera cubierto con su manto para ocultar a su maestro de las miradas de la multitud que le rodeaba.