Ahora bien: nuestro Platón, que ha sido fiel o se ha desviado muy poco de las leyes de esta secta, pitagoriza casi siempre; y yo, que he sido adoptado en su nombre por mis maestros, debo a mis meditaciones académicas la doble ventaja de saber hablar animosamente cuando es preciso, y callarme sin esfuerzo cuando la ocasión lo exige.

Gracias a esta moderación, he obtenido con tus predecesores la honrosa reputación de hombre que sabe guardar silencio a propósito y hablar cuando es preciso.

XVI.

Quiero, nobles jefes de África, antes de daros gracias por esta estatua que me habéis hecho el honor de pedir para mí cuando estaba entre vosotros y de conceder en mi ausencia, quiero explicaros por qué he faltado muchos días a mi auditorio y he ido a las aguas Persianas[9], sitio de delicioso solaz para los sanos y de salud para los enfermos; porque he resuelto daros cuenta de todos los instantes de esta vida mía que os está consagrada para siempre, y cuanto haga, importante o frívolo, someterlo a vuestro conocimiento y a vuestro juicio.

El motivo que repentinamente me privó de vuestra ilustre presencia, tiene alguna relación con el hecho que voy a referir: se trata de Filemón el cómico[10]. Probablemente conoceréis su genio: escuchad algunos detalles de su muerte. ¡Pero qué! ¿Dudáis de su talento? Pues sabed que Filemón era un poeta de la media comedia, contemporáneo de Menandro, con quien luchó, y si no le iguala, fue al menos su rival, y aun con frecuencia, vergüenza me da decirlo, su vencedor.

Encuéntrase en sus obras fina sátira, intrigas ingeniosas, reconocimientos de hijos clarísimamente explicados: los actos y el lenguaje de sus personajes están de acuerdo con las situaciones, sus chistes nunca son triviales, su gravedad nunca trágica. Rara vez son sus comedias licenciosas, y si habla del amor, es tratándolo como un extravío. Pero nunca deja de sacar a la escena el mercader de esclavos sin fe, el amante en desvarío, el criado astuto, la querida falaz, la esposa arrogante, la madre indulgente, el tío sermoneador, el amigo entremetido, el soldado fanfarrón y hasta los glotones parásitos, los padres testarudos y las procaces meretrices.

Gracias a estos méritos llegó a ser célebre Filemón en el arte cómico. Un día que recitaba en público una obra suya nueva, en el tercer acto de la comedia, en el momento en que todo el interés estaba más vivamente excitado, una lluvia repentina, como me sucedió hace poco, le obligó a interrumpir la lectura y a prometer, por petición de todo el auditorio, acabarla al día siguiente.

Acudió al otro día inmensa multitud; cada cual procura sentarse lo más cerca posible; los últimos en llegar hacían señas a sus amigos de que se estrecharan para dejarles puestos; los espectadores de las extremidades se quejaban de que les empujaban fuera de sus asientos; el auditorio estaba apiñado en el teatro, y empezaron las conversaciones. Los que no estuvieron la víspera preguntaban lo que se había leído; los que asistieron recordaban lo que habían oído, hasta que sabiéndolo todos, esperaban la continuación de la comedia.

El día avanza y Filemón no acude a la cita; algunos murmuran por su tardanza; los más defienden al poeta. Pero después de aguardar largo rato, y viendo que Filemón no llegaba, envían a los más impacientes para que salgan a su encuentro, y le hallan... muerto en su lecho. Acababa de exhalar el último suspiro, y tendido en la cama parecía estar meditando, con los dedos aún entre las hojas y la boca junto al libro abierto. Pero el alma había partido; el libro estaba cerrado y olvidado el auditorio.

Los primeros que entraron permanecieron un instante inmóviles, sorprendidos por un acontecimiento tan imprevisto como lo era una muerte tan maravillosa y bella. Seguidamente fueron a anunciar al pueblo que el poeta Filemón, a quien esperaba para terminar en el teatro la lectura de una comedia escrita sobre asunto imaginario, acababa de terminar en su casa el verdadero drama, diciendo por última vez a las cosas humanas valere et plaudere, y a sus amigos dolere et plangere; que la lluvia de la víspera era presagio de lágrimas; que su comedia había llegado a la antorcha fúnebre antes de llegar a la antorcha nupcial, y que al abandonar este ilustre poeta el teatro de la vida, su auditorio debía asistir a sus exequias, recogiendo primero sus huesos y después sus versos.