Largo tiempo hace que sabía esta historia, y la he recordado en daño mío; porque no habéis olvidado que la lluvia interrumpió mi último discurso, y que a petición vuestra dejé el continuarlo para el día siguiente. A fe mía que me ha faltado poco para asemejar por completo a Filemón; el mismo día sufrí en la palestra tan violenta torcedura en el talón, que estuvo a punto de romperse la articulación de la pierna, aún inflamada por consecuencia de la luxación. Pero mientras la curaba a fuerza de ligaduras y por mi cuerpo corría el sudor a torrentes, la acción de un frío demasiado prolongado me dejó transido, produciéndome dolor agudo en las entrañas, que no se calmó sino en el instante en que su violencia me iba a matar. Expuesto he estado, como Filemón, a despedirme de la vida antes de volver a veros, a hacer mi reverencia al mundo antes de hacerla al público, a terminar mi existencia antes que mi historia. Pero gracias a las aguas Persianas, a su dulce temperatura, a sus duchas saludables, he recobrado la facultad de andar, y aunque todavía mal seguro sobre mis piernas, venía apresurado a pagar la deuda con vosotros contraída, cuando vuestro beneficio, no solo ha puesto al cojo en pie, sino que le ha dado alas.
¿Acaso no debía yo apresurarme tratándose de un honor que me obliga al agradecimiento, mayormente por no haber sido pedido? Y no es porque la gloriosa Cartago no merezca hacerse pagar los honores, aun para un filósofo, con un ruego, sino porque para que vuestro beneficio nada perdiese de su gracia y de su precio, era necesario que no alterara su brillo una demanda; que fuera gratuito.
En efecto, no se obtiene gratis lo que se consigue por ruegos, como no es dar nada ceder a las instancias. Por esto se prefiere comprar todos los utensilios a pedirlos, y en mi opinión este principio es especialmente aplicable en cuestión de honores, porque quien laboriosamente los consigue, no está obligado más que a sí mismo; pero quien, sin importunar, los obtiene, debe doblado reconocimiento a sus bienhechores, porque no pide, recibe. Os debo, pues, doble reconocimiento, o mejor dicho, inmenso, y lo proclamaré siempre y en todas partes.
Por ahora, este discurso, compuesto a propósito de tal honor, será, como de costumbre, pública expresión de mi agradecimiento. El filósofo, en efecto, tiene un medio seguro de dar gracias a los que le decretan una estatua, y poco me apartaré de él en este discurso que reclama la eminente dignidad de Emiliano Estrabón; discurso que tendrá, así lo espero, algún éxito si él quiere añadir hoy su aprobación a la vuestra; pues tal es su superioridad literaria, que debe más fama a su propio genio que a sus títulos de patricio y de cónsul.
¿De qué términos, Emiliano Estrabón, el primero de los mortales que han existido, existen y existirán, el más ilustre de los hombres virtuosos, el más virtuoso de los ilustres y el más sabio de unos y otros; de qué términos me valdré para tributar a la benevolencia con que me honras, solemnes actos de gracia? ¿Cómo celebrar dignamente tan glorioso patrocinio? ¿Cómo reconocer e igualar con humildes palabras tan brillante favor? Busco aún el medio de conseguirlo, pero ¿lo encontraré? Al menos emplearé el mayor celo, los más grandes esfuerzos,
Si gratitud y vida no me faltan.
En este momento, lo confieso, la alegría entorpece mis palabras, el placer suspende mi pensamiento, y mi alma delirante prefiere saborear sus transportes a celebrarlos. ¿Qué hacer? Quiero mostrar mi gratitud, y en mi entusiasmo no encuentro palabras que lo expresen. Nadie, ni aun los que peor me quieran, se atreverá a censurarme porque, ante honor tan grande, quede tan sobrecogido como satisfecho, y que, por venir del más noble y sabio de los hombres, me exalte tan magnífico testimonio.
En efecto, ¿dónde lo he recibido? En medio del Senado de Cartago, cuerpo tan ilustre como benévolo, y de parte de un consular. Ser conocido de este sería ya insigne honor. ¡Y él, sin embargo, es quien se ha constituido en mi panegirista ante los primeros magistrados de la provincia! Porque, lo he sabido, él es quien ha propuesto hace tres días que se me erigiera una estatua en una plaza pública; él ha invocado primero los derechos de nuestra amistad, comenzada honrosamente por una comunidad de estudios con los mismos maestros. Después recordó los votos con que le he felicitado en todas las fases de su grandeza. Su primer beneficio ha sido recordar nuestros votos comunes; el segundo haberse vanagloriado, él, tan eminente, de mi afecto como del que le profesara un igual suyo. Además ha enumerado los pueblos y comarcas que me han dedicado estatuas y concedido otros honores.
¿Qué puedo yo añadir a este panegírico, hecho por un ilustre consular? Hasta ha demostrado que, en virtud del sacerdocio que ejerzo, poseo en Cartago una eminente dignidad, y coronando este elogio con el mayor de todos los beneficios, me ha recomendado, este glorioso preopinante, con todo el poder de su sufragio. En fin, ha prometido hacer elevar mi estatua a sus expensas en Cartago, él, a quien todas las provincias tienen por dicha ofrecerle cuadrigas y tiros de seis caballos.
¿Es necesario algo más para colmarme de gloria y poner el sello a mi reputación? ¿Qué falta acaso? Emiliano Estrabón, un consular que los votos de todos llevaran al proconsulado, ha hecho en el Senado de Cartago una proposición relativa a los honores que quiere se me concedan, y todos han aplaudido su pensamiento. ¿No os parece este asentimiento un senatus consulto? Diré más. Todos los cartagineses presentes en esta ilustre asamblea no han decretado inmediatamente la plaza donde será erigida la estatua, ni han dejado, yo creo, el votar una segunda estatua para la próxima sesión sino por deferencia, por respeto a su consular; querían parecer que le imitaban, no rivalizar con él, deseando que se dedicara un día entero y se consagrara a la expresión de los sentimientos públicos. Estos excelentes magistrados, estos jefes benévolos recordaban, sin embargo, Emiliano, que tu proposición estaba de acuerdo con su propia voluntad. ¿Y fingiré ignorar todo esto? ¿Guardaré silencio? Sería un ingrato. Permitidme que para responder a los brillantes honores de que he sido objeto por parte de todos los de vuestro orden senatorial, ofrezca y dispense todos los homenajes que puedo poner a vuestros pies, a vosotros, que me habéis saludado con vuestras gloriosas aclamaciones en un sitio donde tan honroso es el ser solamente nombrado.