Sí; lo que era difícil, lo que me parecía de todo punto imposible reunir, las simpatías del pueblo y el agrado del Senado, la aprobación de los magistrados y de los jefes del Estado, lo digo sin orgullo, ya en cierto modo he llegado a conseguirlo. ¿Qué falta, pues, a este insigne honor si no es la compra del bronce y el trabajo del artista? Seguramente no dejaré de tener en Cartago, donde la clase más ilustre, aun en los casos en que se ventilan los más grandes intereses, decreta y no calcula, estas dos cosas que he obtenido en las más pequeñas ciudades.
Por lo demás, cuanto más completo sea vuestro favor, más grande será mi gratitud.
Nobles senadores, ciudadanos ilustres, y vosotros, mis gloriosos amigos, cuando llegue la dedicatoria de mi estatua, yo os dedicaré un libro de mi mano en el que mi reconocimiento sea más vivamente expresado, y este libro correrá por todas las provincias, por todo el universo, en todos los siglos venideros, para inmortalizar en todos los pueblos la gloria de vuestro beneficio.
XVII.
Plena libertad para aquellos que tienen por máxima perturbar la tranquilidad de los procónsules; que procuran recomendar su talento por la intemperancia de su lenguaje, y que afectadamente se adornan con el manto de vuestra amistad. Evito cuidadosamente estos dos defectos, pues aunque mi mérito sea mediano, todos tienen conocimiento de él lo bastante para no necesitar nueva recomendación.
Por otra parte, tu favor, Escipión Orfito, y el de los que se te parecen, es más dulce a mi corazón que a mi vanidad. De la amistad de persona tan insigne más bien estoy celoso que enorgullecido, porque no se la debe desear sin conocer su justo valor, y cualquier advenedizo puede erróneamente vanagloriarse con ella.
Además, desde mi infancia ha sido tal mi pasión por las artes liberales, y este amor a las buenas costumbres y al estudio que me ha seguido a vuestra provincia, me había proporcionado en Roma tan gran estimación entre tus amigos, de lo cual tú eres irrecusable testigo, que debéis, cartagineses, recibir mi amistad con tanta afición como tengo yo en buscar la vuestra. Las dificultades con que accedéis a mis raras audiencias prueban vuestro deseo de escucharme asiduamente. Y si no, decidme: el agrado en frecuentar a las gentes, el irritarse por sus inexactitudes, el regocijarse por su constancia, el censurar sus infidelidades, todos estos sentimientos que se experimentan por aquellos cuya ausencia nos es penosa, ¿no son la mayor prueba de amor? Y por otra parte, la palabra condenada a eterno silencio, ¿no es lo mismo el olfato entorpecido por el constipado, que el oído ensordecido por el viento, que los ojos cubiertos con una tela? ¿No equivale a sujetar las manos con esposas, a aprisionar los pies con grillos, el sumir el alma, esta reina del cuerpo, en el sueño, ahogarla en el vino o embotarla con las enfermedades?
De igual suerte que la espada brilla con el uso y se enmohece con el descanso, la voz sujeta a la tortura de largo silencio se entorpece. La falta de actividad engendra en todo la pereza, y la pereza el letargo. Los actores trágicos perdían el brillo de su voz si no declamaban todos los días, y gritando es como se desarrolla la laringe.
Sin embargo, la vocalización humana es un trabajo superfluo, un ejercicio inútil comparado con multitud de otros resultados posteriores. ¿Qué es la voz del hombre si se compara con el brillante sonido del clarín, con la variada armonía de la lira, con el seductor lamento de la flauta, con el murmullo encantador del caramillo o el eco prolongado de la trompeta?
Y no hablo de multitud de animales cuyos acentos naturales, por sus propiedades especiales, nos llenan de admiración: el grave mugido de los toros, el lúgubre aullido de los lobos, el grito doloroso del elefante, el regocijado relincho del caballo, los penetrantes chillidos de los pájaros, los feroces rugidos del león y otras voces de animales, voces terribles o llenas de dulzura, según expresan la rabia cruel o el amoroso celo. En cambio ha dado Dios al hombre una voz menos fuerte, pero más útil a la inteligencia y agradable al oído; no habiendo mejor ocasión de emplearla y servirse de ella que ante una asamblea presidida por tan grande hombre, ante la numerosa reunión de personas tan instruidas y benévolas.