Si tuviera superior habilidad para tocar la lira, no querría lucirla sino ante numeroso auditorio. En la soledad cantaban: en las selvas, Orfeo; Arión entre delfines; porque de dar crédito a las fábulas, Orfeo ocultaba su dolor en el destierro, y Arión se arrojó de lo alto de un buque; aquel domesticaba a las fieras; este encantaba a los monstruos del mar. ¡Desdichados cantores! Sus acordes no los inspiraba el amor a la gloria, sino la necesidad de su salvación. Más y de mejor grado les admiraría si hubieran deleitado a los hombres y no a los animales. La soledad es patrimonio de los pájaros, de los mirlos, de los ruiseñores, de los cisnes; el mirlo silba en los apartados eriales; el ruiseñor alegra los desiertos de África con sus juveniles canciones; el cisne en las orillas de los ríos solitarios medita el canto de la vejez.

Pero quien puede cantar versos útiles a los niños, a los jóvenes y a los ancianos, debe cantar en medio de todos, y por ello mi poesía está dedicada a las virtudes de Orfito; himno tardío acaso, pero serio y tan agradable como útil a los cartagineses de todas las edades, porque todos tienen pruebas de la especial bondad del procónsul; del que atemperando los deseos con saludables restricciones, ha sabido inspirar a los niños la moderación, a los jóvenes la alegría, a los ancianos la seguridad.

Ahora, Escipión, que llego a hablar de tu noble carácter, temo que me detenga o tu generosa modestia o el sentimiento de natural pudor. Pero no puedo pasar en silencio todas las cualidades que con tan justo título admiramos en tu persona; mencionaré algunas de ellas, y vosotros, ciudadanos a quien él ha salvado, reconocedlas conmigo.

XVIII.

Ante tan prodigiosa afluencia de oyentes debo más bien felicitar a Cartago, por poseer en su seno tantos amigos de la ciencia, que justificar a un filósofo que se presenta ante el público. Por lo demás, esta numerosa asamblea corresponde a la grandeza de la ciudad, y el inmenso concurso explica la elección del sitio.

Además, en presencia de tal auditorio no se debe fijar la atención en el mármol del piso ni en las tablas del teatro, ni en la columnata de la escena más que en la elevación del techo, el brillo del artesonado, o la circunferencia de las gradas. Olvidad que aquí mismo y en otras ocasiones un mimo se descoyunta, un cómico charla, un trágico declama, un bailarín de cuerda da sus peligrosos saltos, un escamoteador hace sus juegos, un histrión sus payasadas; olvidad, en fin, que todos los demás farsantes muestran aquí, a los ojos del pueblo, sus diversas habilidades; dejad a un lado todas estas ideas y pensad solo en la gravedad de la asamblea y en el lenguaje del orador.

Por ello, a ejemplo de los poetas que de ordinario suponen aquí mismo diferentes ciudades, y como el trágico que hace decir en el teatro:

Tú que del Citerón a la alta cumbre llegas,

o como el cómico:

Plauto en esta ciudad vuestra