Os pide modesto sitio

Para transportar Atenas

Sin arquitecto y sin ruido,

séame permitido transportaros, no a una ciudad lejana y del otro lado del mar, sino al Senado o a la Biblioteca de Cartago. Suponed, si mi discurso es digno del Senado, que lo oís en el Senado, y si es sabio, que nos encontramos en la Biblioteca.

Quisiera que la fecundidad de mi palabra respondiera a la grandeza de este auditorio y que no me faltara, sobre todo, donde yo deseo emplear mayor elocuencia; pero nada tan cierto que el dicho de que «el cielo no concede al hombre ninguna dicha que no esté mezclada con algunas contrariedades» y el de que en la mayor alegría siempre existe alguna amargura. No hay miel sin hiel. La abundancia conduce al exceso. Conozco más que en ninguna otra ocasión esta verdad, porque cuando más derechos creo tener a vuestros sufragios, mayor es el embarazo que me inspira para hablar el respeto que os profeso.

Yo que con frecuencia he hecho ante extranjeros prueba de una locución fácil, titubeo ante mis conciudadanos. ¡Cosa extraña! Vuestras alabanzas me cortan, vuestros aplausos me intimidan, vuestra benevolencia encadena mi palabra, y, sin embargo, ¿no debería todo esto, al contrario, alentarme?

Nuestros penates son comunes; he vivido entre vosotros desde mi infancia, he estudiado con vuestros maestros; estáis iniciados en mi doctrina; conocéis mi voz; habéis aprobado mis obras; mi patria está en la jurisdicción de África; he pasado con vosotros mi juventud; he escuchado vuestras lecciones, y si completé mis estudios en Atenas, aquí los empecé. Pronto hará seis años que estáis acostumbrados a oírme hablar en las dos lenguas; en cuanto a mis libros, lo que sobre todo les da mérito y precio es la aprobación que vosotros les concedéis. Pues bien, estos mil puntos comunes que os predisponen a escucharme favorablemente, detienen mi palabra.

Seríame mucho más fácil celebrar vuestras alabanzas en cualquier otro sitio que en medio de vosotros, porque entre los suyos a cada cual retiene la modestia; la verdad no es libre sino entre extraños, y por ello siempre y en todas partes os celebro como parientes míos y mis primeros maestros y os pago mi tributo, no a la manera del sofista Protágoras, que fijó su salario y no lo recibió, sino como el sabio Tales, que no lo pidió y lo cobró.

Pero ya veo lo que deseáis saber, y os contaré esta doble historia.

Protágoras, sofista instruidísimo y uno de los primeros y más elocuentes inventores de la retórica, era de la misma edad y de la misma ciudad que el naturalista Demócrito, cuyas doctrinas estudió. Dícese que Protágoras había estipulado con Euathlo, su discípulo, un salario elevadísimo, con la imprudente condición de que no lo pagaría si no ganaba el primer pleito. Euathlo aprendió fácilmente todos los medios de atraerse la benevolencia de los jueces, los ardides de la defensa y los artificios de la parte contraria, tanto mas fácilmente cuanto que su ingenio era fino y astuto.