Asclepiades, uno de los médicos más ilustres, exceptuando a Hipócrates, el más ilustre de todos, es el primero que ha empleado el vino para mejorar a los enfermos; pero, entiéndase bien, lo empleaba oportunamente. Para ello, la observación le servía de regla infalible, pues estudiaba con extraordinaria atención los movimientos irregulares o satisfactorios del pulso.

Un día, al volver a la ciudad de su campaña por el barrio, vio una inmensa pira puesta en una plaza, y alrededor de ella, de pie, en traje de luto, sumida en la mayor tristeza y con señales exteriores del más profundo duelo, una inmensa multitud que había acudido para asistir a los funerales.

Por un impulso de natural curiosidad, se acercó para saber quién era el difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, y acaso porque esperaba hacer algunas observaciones útiles a la ciencia. Lo cierto es que aquel hombre, tendido y casi inhumado, le debió la vida.

Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros estaban ya cubiertos de aromas, el rostro impregnado de esencias por mano de los embalsamadores y preparada la comida fúnebre; notó con atención ciertos signos, y tentando el cuerpo repetidas veces, comprendió que quedaba en él un resto de vida.

«Este hombre vive, exclamó, alejad esas antorchas, apagad ese fuego, destruid esa pira, llevad esa comida a la sala del festín.»

Óyese en seguida un rumor; decían unos que era preciso creer a los médicos; otros se burlaban de la medicina. Finalmente, a despecho hasta de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras o que ya saludaban la herencia, consiguió Asclepiades, no sin gran trabajo, una breve dilación para las exequias del supuesto difunto; llevole a su casa en virtud de un derecho de postliminio de nueva especie; y arrancando a este desdichado de las manos de los sepultureros, como del infierno, le devolvió el aliento, y a poco la vida, escondida en los más secretos repliegues del cuerpo, fue reanimada, gracias a ciertos remedios.

XX.

He aquí una frase célebre de un sabio, relativa a los placeres de la mesa:

«La primera copa es para la sed, la segunda para la alegría, la tercera para la voluptuosidad, la cuarta para la demencia.»

La copa de las Musas, al contrario, cuanto más llena de licor sin mezcla, es más propicia a la salud del alma. La primera copa, la de los elementos, disipa la ignorancia; la segunda, la de la gramática, enseña las reglas; la tercera, la de la retórica, proporciona el arma de la elocuencia. Los más se detienen aquí.