Por mi parte, estando en Atenas, he bebido además otras copas; he gastado la poesía y sus especias, la geometría y su agua clara, la música y sus dulzores, la dialéctica y su picante aspereza, en fin, la filosofía general y su delicioso néctar. Juzgad si no.
Empédocles compone versos; Platón, diálogos; Sócrates, himnos; Epicarmo, refranes; Jenofonte, historias; Jenócrates, sátiras. Vuestro Apuleyo abarca todos estos géneros; con celo igual cultiva las nueve Musas, con mejor voluntad, sin duda, que talento. Por esto acaso merece más elogios, porque en todas las cosas bellas, el mérito está en los esfuerzos y el resultado es cosa eventual.
Lo mismo sucede con el crimen; la intención, no seguida del efecto, es penada por la ley, porque si la mano queda pura, el alma está manchada. Por tanto, si la intención de obrar mal basta para ser castigado, también basta para la gloria intentar cosas laudables. ¿Y cómo conquistar los elogios más brillantes y más seguros, sino celebrando a Cartago, ciudad donde todos los ciudadanos se distinguen por su instrucción, donde se ven todos los géneros de conocimientos estudiados por los niños, practicados por los jóvenes, enseñados por los ancianos? ¡Cartago, venerable institutriz de nuestra provincia; Cartago, musa celeste del África; Cartago, inspiración de la toga!
XXI.
A veces, aun durante una precipitación necesaria, ocurren honrosos impedimentos que obligan a aplaudir una suspensión de voluntad. Supongamos a algunos hombres apremiados para hacer un viaje; prefieren montar a caballo a sentarse en un carro, a causa del embarazo del equipaje, de la pesadez de los carruajes, de las ruedas embarradas, de los carriles con baches, sin contar los montones de piedras, las cepas de árboles, los campos encharcados, las colinas en talud.
Queriendo evitar todos estos motivos de tardanza, han escogido para montar caballos tan sólidos como vigorosos, tan fuertes como rápidos,
Que de un escape salvan los campos y colinas,
como dice Lucilio. Pero mientras sobre sus fogosos corceles vuelan, por el camino ven un hombre eminente por su dignidad y su nobleza; un hombre muy considerado, muy conocido, y entonces, sea la que quiera su impaciencia, suspenden, en honor suyo, la carrera, detienen los pasos, refrenan los caballos y echan pie a tierra; la varilla que les sirve para excitar el corcel, la pasan a la mano izquierda, y con la derecha, ya libre, le acogen y saludan. Mientras el personaje les pregunta, le acompañan conversando, y cualquiera que sea el retraso lo sacrifican de buen grado al cumplimiento de un deber.
XXII.
A Crates, discípulo de Diógenes, lo honraban sus contemporáneos en Atenas como a un genio doméstico. Ninguna casa le fue jamás cerrada, ningún padre de familia tuvo secreto tan oculto que no lo supiera inmediatamente Crates, porque era el árbitro y mediador de todas las cuestiones y de todos los disgustos entre parientes. Lo que los poetas cuentan de que Hércules sometió, venció con su valor tantos monstruos terribles, hombres y fieras, y que purgó de ellos al mundo, puede decirse de la cólera, de la envidia, de la avaricia, de la lujuria de todos los monstruos y de todas la plagas del alma humana, para las cuales fue un Hércules este filósofo. Las arrancó de todas las almas, purgó de ellas a todas las familias y domó la perversidad. Como Hércules, iba medio desnudo y llevaba una maza.