Había nacido en Tebas, donde, según la tradición, nació Hércules. Antes de llegar a ser Crates, era uno de los principales tebanos; se citaban la nobleza de su origen, el número de sus servidores, el esplendor del vestíbulo de su casa; él mismo iba bien vestido y con dinero.
Pero más tarde reconoció que en toda esta fortuna no había nada sólido, ninguna regla de conducta; vio que todo es efímero y frívolo, que cuantas riquezas hay bajo los cielos no sirven para hacer la felicidad.
Un barco, decía, es bueno hábilmente construido, bien acondicionado y elegantemente decorado por dentro, provisto por fuera de un timón móvil, de un mástil elevado, de brillantes velas, en una palabra, de cuanto es necesario al equipo, de cuanto puede agradar a la vista. Pero si este barco no tiene piloto que le dirija, o la tempestad es su piloto, pronto se sepultará con su magnífico equipaje en las profundidades del mar, o se estrellará contra las rocas.
Por muchos que sean los médicos que visiten a un enfermo, ninguno de ellos, porque vea la casa adornada de soberbias galerías y de dorados techos, porque un rebaño de esclavos y de adolescentes de rara belleza estén de pie alrededor del lecho, dice al enfermo que tenga buen ánimo, sino se sienta junto al lecho, le toma la mano, le tienta, observa los movimientos del pulso y sus intervalos, y si encuentra en ellos alguna alteración o perturbación, anuncia al paciente que su mal es peligroso. A este Creso le prohíbe tomar alimento. En aquella casa tan opulenta, no hay en todo el día un mendrugo de pan para él, mientras sus servidores gozan en alegres festines. En esto, su condición y nada son la misma cosa.
XXIII.
Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente, aceptad este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún riesgo atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya habéis aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las cosas frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso es que me conozcáis bajo todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice Lucilio, podréis juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en mis asuntos meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad mía de hablar de improviso.
Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma; en cambio seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor. Esto es, por lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran tanta severidad y desconfianza con las obras larga y detenidamente elaboradas, como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos, críticos severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis conocer las improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros escritos quedan como están después que hemos terminado su lectura; pero en lo que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois partícipes, el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor desenfado haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos. Pero ya veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras manos, a vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a vosotros impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas en las vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de la escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo de Sócrates.
Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos los hombres sin temor ni embarazo.»
En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como muralla construida a escape, donde es preciso colocar las piedras al azar y sin simetría, sin apoyarlas en sólida base, sin alinearlas en planos regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas.
Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados, sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la perfección.