Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares, y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la indiferencia o el desprecio.
Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado al genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio por su obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones escuchaba con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue quien le enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a despreciar los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud.
Imitemos a Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores, cultivemos nuestro genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y seremos felices, y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan a nuestra virtud.
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Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores, distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas consideraciones.
Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las moradas y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses inmortales.
Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros los descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos
... esos astros brillantes
Que arreglan en los cielos el curso de los años.
Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol, creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que, alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales. ¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa de un lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los cambios de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de luz, que absorbe como espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O sirviéndome de la frase de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es prestada?»