Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto es que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad del sol y de la luna.
No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores. Hay además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes, aunque tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen distinta ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una progresión y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y por la oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido los que estudian la salida y ocultación de los astros.
Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número de los dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos Osas, como también las demás constelaciones luminosas, coro admirable que en un cielo puro vemos brillar con severo resplandor; majestuosas bellezas de la noche sembrada de estrellas, luces deslumbradoras que reflejan, como dice Ennio, multitud de figuras en el magnífico escudo del mundo.
Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado a nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres reunió Ennio en dos versos,
Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte,
Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo,
y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde hace largo tiempo son familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus diversas atribuciones.
Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto, el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas; pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por impiedad.
Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema. Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin obstáculos.
¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas las cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial deber? ¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina elocuencia y de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido frecuentemente que la majestad de este ser, solo e infinito, está por encima de los términos y de las expresiones, y que ninguna palabra humana puede dar la menor idea de su perfección; que los mismos sabios, después de elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos, apenas llegan a comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo relámpago que brilla en densa oscuridad?