No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra, donde el hombre es el primero de los animales.
En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono de toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces que eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el ser humano podría ser considerado como el último de los animales de la tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de poner de manifiesto la división de la naturaleza.
Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es inmortal, su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus sentidos groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y se parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre, aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia.
Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los dioses; mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares sublimes, en la perpetuidad de su vida, en la perfección de su naturaleza. Nada de común tienen con nosotros, porque la inmensidad separa sus moradas de las nuestras, porque en ellos la juventud es eterna e inalterable, y nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están destinados a la felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las miserias.
Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo, sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás se manchan con nuestro contacto.
Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil vista, y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño y color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que la fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos de todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo así, dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad produce el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa admiración.
Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres, rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida, privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades, consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo de los perversos? ¿A quién, finalmente, apelaré como juez de mis juramentos? ¿Diré yo como el Ascanio de Virgilio:
«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»?
Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre los troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas:
Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo.