Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios, ese dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en sí que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor solo corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter por testigo, como ha dicho Ennio.
¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua costumbre de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los dioses no tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha de oírnos con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por mi boca; no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados de los hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad, extraños al contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen divinidades intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el elemento terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que transmiten a los dioses nuestros deseos y los méritos de nuestras acciones. Los griegos las llaman demonios.
Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los dioses, estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte las demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios bienhechores con otros, como lo dice Platón en su Banquete, presiden también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en todos los presagios.
Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los sueños, despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los pájaros, inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los relámpagos y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas todas que debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las órdenes de los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el ministerio de los demonios.
Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de la pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima, temió una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin, son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal, o despedazara la víctima de Flaminio, o hiciera volar un ave junto a Atto Navio, o pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le quitara el bonete de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera aparecer envuelta en fuego la cabeza de Servio sin quemarla.
Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que vuela, y en la tierra lo que anda.
Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo así, las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el agua y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande extensión de aire que se encuentra entre la cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna? ¿Estará despoblada de animales que le sean propios, y esta parte de la naturaleza quedará muerta e impotente? Porque, observad que el ave es más bien un animal terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra; en ella nace y en ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire más próximo a la tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos están fatigadas, la tierra es el puerto que la recibe.
Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y de sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su peso: no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les llevaría fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar una naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que la constitución de los habitantes esté en armonía con la región que ocupan.
Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos de suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan ligeros como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas propiedades, o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se rechace la participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso que la formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la excluye.
Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que no sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que no sean precipitados a la tierra.