Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones increíbles, como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este equilibrio.

Las nubes tienen alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si fueran tan ligeras como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían, como frecuentemente las vemos descender, hasta la cima de las montañas que parece coronan; y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas que ningún principio de ligereza las levantara, caerían por su propio peso como masa de plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra. Pero permanecen en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el océano y en los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de forma según se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas de aguas celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su peso, más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana.

Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno:

El trueno que desgarra la cima de los cielos,

Formado está por nubes aéreas que entrechocan

Arrastradas a impulsos de fiero vendaval.

Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que a ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a los cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire, y a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando solo a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de esa solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada y que concentra necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros, brillantes y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros ojos y engaña las miradas.

Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles,

Visible para él solo; ningún otro la ve.

También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre las filas del ejército para socorrer a su hermano, y