Mezclada con soldados, permanece invisible.

No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su escudo,

Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos.

Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los poetas, no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los dioses que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados aquellos a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos y afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas, la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos del espíritu.

Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones espontáneas, porque nada hay que les iguale en perfección.

¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a otro más irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera posición, y el cambio es la condenación del estado precedente. Así, pues, un dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni el odio; es inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias del dolor y a los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni tristeza, ni alegría, ni deseos súbitos y contradictorios.

Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza media de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole de su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos.

Se les puede definir así: los demonios son seres animados, razonables y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos cinco atributos les son comunes con los hombres los tres primeros, el cuarto les es propio, y el último lo comparten con los dioses inmortales, de quienes solo difieren por la sensibilidad.

Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a las mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas empleadas en los sacrificios.

Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran de noche, otros las que se verifican de día; unos prefieren el culto público, otros el privado; unos exigen la alegría, otros que la tristeza presida a los sacrificios y solemnidades que se les consagran. Por ello los dioses de Egipto son honrados casi siempre con sollozos; los de Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos, tambores y flautas.