Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos, en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados, en el color y sacrificios de las víctimas.

Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por orgullo se descuida algún detalle de su culto.

Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos, a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que tenía por amigo.

Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el cuerpo, es llamada demonio.

¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses

Donde divinizamos nuestros deseos furiosos?

Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello proviene que muchos, como he dicho, llaman feliz a aquel cuyo demonio es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud.

En nuestro lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la expresión es perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque el dios que representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que, sin embargo, nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces en las cuales invocamos el genio y Genita, me parece que explican la formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres el alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre.

En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que después de haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo. En la antigua lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba Lémure. Entre estos Lémures los hay divinidades pacíficas y bienhechoras de la familia, que eran encargadas del cuidado de la posteridad y toman el nombre de Lares domésticos. Otros, por lo contrario, privados de una estancia feliz, expían los crímenes de su vida en una especie de destierro, y siendo espanto de los buenos y plaga de los malvados, yerran al azar. Se les designa generalmente con el nombre de Larvas.

Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un genio es lare o larva, se le llama dios Mane. Este título de dios es solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente dioses sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia y de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia; Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y Esculapio, en todas partes.