Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios no menos numerosos, superiores en poder, de naturaleza más augusta y elevada, que jamás estuvieron sometidos a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que tienen un poder cierto y determinado. En este número están el Sueño y el Amor, que ejercen opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño dormir.
En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes, siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos.
Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada uno de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante el Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se da la sentencia.
Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia de Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más ocultos repliegues del corazón.
Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé por nosotros, en la duda nos aconseja, en el peligro nos protege, en la miseria nos socorre.
En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio, atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar las nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la adversidad.
Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente perfecto, sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su dios, su guardián, su lare familiar (así puedo llamarlo) que aparta de él cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos los peligros, que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su saber desfallecía y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los presagios, él era quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por medio de una revelación divina.
Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos.
¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos. ¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la miel.
Pero en los reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios que penetren en el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se escogerá? Ulises y Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el espíritu humano, el pensamiento y la espada.