Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos, si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un sitio de diez años.
Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir a los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio, o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra, condenada a no ser jamás creída.
De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de la sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa obediencia le hacía agradable a su dios.
Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar, si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros medios.
En estas ocasiones decía oír una cierta voz divina (es la expresión de Platón), y no es de creer que aceptara los presagios de boca del primero que llegara.
Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos una voz, sino una cierta voz, y esta adición demuestra que no es una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera añadido inútilmente la palabra cierta, siendo más exacto decir una voz o la voz de alguno, como la cortesana de Terencio:
Paréceme que oigo la voz de mi soldado.
Cuando se dice una cierta voz, es porque se ignora de dónde viene, porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo en ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le hablaba de una manera divina y tan oportuna.
Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino también por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo divino y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la figura del mismo demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a Minerva.
Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer lo que acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio haya aparecido a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo importantísimo) que a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno asegurara no haber visto jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver su divina imagen, ¿por qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría lo elevó a rango de los dioses supremos? Porque lo que hay más semejante y más agradable a un dios, es un hombre de perfecta virtud, un hombre tan superior a los demás mortales, como es inferior a los dioses inmortales.