¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía? No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies, que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones.

Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no comprendo que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su razón; porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en esto como en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede ignorar sin incurrir por ello en nota de infamia. Yo no sé tocar la flauta como Ismenias, sin que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles, ni escultor como Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra, es permitido ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta índole; pero decid, si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como Platón, como Pitágoras, y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo.

Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el aprenderlo, retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia de este arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis muchos cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para el culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa práctica de la filosofía.

Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura.

Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada hay más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades, casas adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente peinados, muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso, magnífico, excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En medio de sus riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga, pero tiene hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una vida tranquila y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas son examinadas como los caballos que él quiere comprar, pues cuando esto sucede no se para la atención en los arneses, ni en la silla, ni en los adornos que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene

El vientre corto, la cabeza fina,

Redonda grupa y musculoso pecho.

Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos que el movimiento sea rápido y suave.

Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan sabio como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al hombre en sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo de azar, ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera con el cuerpo o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de mi Sócrates, y por eso desdeñaba la posesión de las otras.

Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis mezclar a nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera elogiaros tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su Filoctetes ha dicho de Ulises: