—Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, y sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir, y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.

II.

Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron aquella noche a Sócrates.

Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también por la luenga fatiga que había padecido.

Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba, y acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta. Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche, comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en tierra.

Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un pie y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió, tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho tortuga.

Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres viejas; la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una esponja, y pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el puñal dijo a la otra:

—Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión, otro Ganímedes, que días y noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente contando mis amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir, y que yo quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se fue.

Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia:

—Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que quiere hacer.