—Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por ventura no recibas algún daño por tu lengua.

A lo cual yo le respondí:

—¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?

Él respondió:

—Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los dioses.

Cuando le oí decir estas cosas, le dije:

—Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, hablemos en cosas comunes.

Sócrates dijo:

—¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de saber que ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, no solamente aquí los naturales, pero aun los que están muy lejos, aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal que llaman castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia. Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino, y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con la barriga muy grande, como preñada, y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre, como preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, que determinaron de apedrearla; pero con sus encantamentos, ella supo lo que estaba ordenado, y como aquella Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su casa, y su hija, y al mismo rey, quemó en vivas llamas, así esta, con sus imprecaciones infernales, que dentro de un sepulcro hizo (según que la beoda me contó), a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras ni abrir las puertas, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle todo favor y ayuda. De esta manera amansada, desligó toda la ciudad; pero al autor de este escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, a media noche la llevó a otra ciudad cien millas de allí; y porque en la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad, la puso en el arrabal, y allí la dejó.

Cuando yo le oí esto, díjele: