Él entonces me respondió:
—¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos!
Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que se descubrió desde el ombligo abajo.
Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara cubierta, me dijo:
—Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que comenzó.
Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí, aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber, de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer, para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la cara, diciendo:
—¡Oh mezquino de mí! que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias, porque, como tú bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí con mi dinero, un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pasando por un valle muy grande lleno de espesa arboleda, hay unas grandes decendidas; allí me cercaron los ladrones y me robaron cuanto traía, y yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad y posé en casa de una vieja tabernera llamada Meroes, mujer sabia y parlera, a la cual conté lo que me acaeció en el camino y la gana y ansia que tenía por volver a mi casa, contándole mis penas con mucha fatiga y miseria; ella me empezó a tratar humanamente y diome a cenar muy bien y de balde, y así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama. Yo, mezquino luego, como llegué a ella una vez, se me pegó tanta enfermedad y vejez, que por huir su conversación todo cuanto tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun algunas de las cosas que había ganado. Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que poco antes me viste.
Yo le respondí:
—Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu casa, mujer e hijos.
Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor a ver si era lugar seguro para hablar, dijo: