—Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.
Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:
—Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo, que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.
Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:
—Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proseguir adelante.
Asimismo dije al otro:
—Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón, menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar, pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que hacen juegos de manos, que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de dinero que le dieron, tomó una lanza por el hierro y metiósela por la barriga; de manera que el hierro que entró por la ingle le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y en la punta de él apareció un niño volteando y danzando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos y nudoso, con una serpiente volteando encima. Así que, tú que comenzaste a hablar, torna lo comenzado, que yo solo te creeré, y demás de esto te prometo que en el primer mesón en que entremos te convidaré a comer conmigo, y esta será la paga de tu trabajo.
Él respondió:
—Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó, y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta. Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia, Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso, de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra medio vestido, con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía tal como aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con todo esto dudé si le conocía, y llegándome a él, dije:
—¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado tutores los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus parientes que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con nuestra injuria y deshonra.