Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del diablo: he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde esta la esponja?
Entonces dije a mi compañero:
—No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben, sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me parecía que estaba rociado con sangre de hombre.
A esto respondió él riéndose:
—Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el corazón: y aun ahora no puedo resollar; por tanto, quería comer alguna cosa para esforzar.
Yo entonces le dije:
—He aquí el almuerzo.
Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba mirando cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un color amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas brujas, estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido se me atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni tornar arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el camino.
Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran sed, y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre.
Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de otra manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el tiempo y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura para siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi tierra y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me casé, donde ahora soy morador.