De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su compañero, medio riendo, dijo:

—No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta.

Y mirando hacia mí, dijo:

—Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees esta conseja?

Yo le respondí:

—Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces acaecen a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que nunca acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son creídas.

Y volviéndome a Aristómenes, le dije:

—Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho, porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga; del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él, mas de mis orejas.

Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron adelante.

III.