—Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi casa, que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella cámara, que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque cierto, tu persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena vieja Hecales.
Entonces llamó a la moza, y díjole:
—Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.
Cuando yo le oí esto, dije:
—No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. Lo que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno y cebada, ves aquí los dineros.
Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé de proveer primero algo para cenar, y fuime a la plaza de Cupido a donde había gran abundancia, y compré pescado.
Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y diome paz amorosamente, y dijo:
—¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la causa de tu venida?
Yo dije:
—Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito, debes tener oficio en la ciudad.