Él me respondió:

—Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si quieres comprar algo, bien te podré aprovechar.

Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero él, como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que en ella había, dijo:

—¿Cuánto te costó este rehús?

Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:

—¿De cuál de estos lo compraste?

Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, con voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar diciendo:

—Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo menos en tanto que yo tuviere este cargo.

Y tomando la espuerta del pescado la derramó por el suelo e hizo a uno de sus oficiales que lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo Pitias contestó con este castigo, me dijo:

—Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.