Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin dineros, por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después de lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.

Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:

—Ruégate mi señor que vayas allá.

Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra cosa.

Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:

—¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?

Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la regía y gobernaba, y otras cosas.

Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento del sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.

LIBRO II.