Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto paró.

Haciendo todos, como dije, grandes fiestas, con mucha risa, he aquí do viene al teatro una mujer llorando, cubierta de luto, y con un niño en los brazos; tras ella venía una vieja llorando como la otra; las cuales, poniéndose alderredor del lecho donde los muertos estaban cubiertos con una sábana, alzaron grandes gritos, y llorando amargamente, decían:

—¡Oh señores, por la misericordia que debéis a todos y por el bien común de esta ciudad, tened piedad de estos tres mancebos muertos y de nuestra ciudad y soledad, y para nuestra consolación, dadnos venganza sacrificando por la paz y sosiego de esta República la sangre de este ladrón, según vuestras leyes y derechos!

Levantose uno de los jueces más antiguos, y comenzó a hablar al pueblo de esta manera:

—Sobre tan grave crimen como este resta hacer una diligencia, y es que sepamos quiénes fueron los compañeros de tan gran hazaña, porque no es cosa de creer que un hombre solo matase a tres tan valientes mancebos. Por tanto, mi parecer es que la verdad se sepa por cuestión de tormento, porque quien le acompañaba, huyó.

Diciendo esto el juez, no tardó mucho que, a la manera de Grecia, luego trajeron allí un carro de fuego y todos los otros artificios del tormento. Acrecentóseme con esto la tristeza, porque a lo menos no me dejaban morir entero sin despedazarme con tormentos; pero aquella vieja que con lloros y plantos lo turbaba todo, dijo:

—Señores, antes que pongáis en la horca a este ladrón, matador de mis tristes hijos, permitid que sean descubiertos sus cuerpos muertos, que aquí están, porque vista su edad y disposición, más justamente os indignéis a vengar este delito.

A esto que la vieja dijo, concedieron, y luego uno de los jueces me mandó que con mi mano descubriese los muertos que estaban en el lecho.

Excusándome yo que no lo quería hacer, porque parecía que con la nueva demostración renovaba el delito pasado, los ministros me compelieron que por fuerza y contra mi voluntad lo hubiese de hacer; finalmente, que yo, constreñido de necesidad, obedecí su mandado, y aunque contra mi voluntad, arrebatada la sábana, descubrí los cuerpos muertos.

¡Oh buenos dioses, qué cosa vi, qué monstruo y cosa nueva, porque los cuerpos de aquellos tres hombres eran tres odres hinchados, y acordándome de la pendencia de anteanoche, estaban abiertos y heridos por las partes que yo había dado a los ladrones!