Entonces, de industria de algunos, detuvieron un poco la risa, y luego comenzó el pueblo a reír tanto, que unos con la gran alegría daban voces, otros se ponían las manos en las barrigas, que les dolían de risa, y todos, llenos de placer y alegría, mirándome muchas veces, se partieron del teatro.

Yo, luego que alcé la sábana y vi los odres, quedé ni más ni menos como una piedra, estatua o columna de las que estaban en el teatro, y no volví en mí hasta que mi huésped Milón llegó y tiró de mí para llevarme, y renovadas otra vez las lágrimas y sollozando muchas veces, me llevó consigo, aunque no quise, por unas callejas malas y sin gente, y por unos rodeos fuimos a casa, consolándome con muchas palabras; y estando así con mucha tristeza, llegaron allí los senadores y jueces, y comienzan a hablarme de esta manera:

—No ignoramos, Lucio, tu dignidad y el noble linaje de donde vienes; esto porque ahora te quejas, no lo recibiste por injuria, porque esta fiesta celebramos cada año al gratísimo dios de la risa con alguna novedad; por tanto, aparta de tu corazón toda tristeza y fatiga, y este pueblo te agradece mucho el placer que le has dado, y desde ahora te asentarán en sus libros para tener memoria de ti.

A esto que me decían yo no pude responder, porque aún me parecía que esperaba la sentencia, y como mejor pude les di las gracias de su visitación, y al fin se partieron de mí.

III.

Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa del ser afrentado en la fiesta de la risa.

De esta manera estaba con harta pasión afrentado y con dolor de cabeza, por las muchas lágrimas que había derramado. Mi huésped Milón me convidaba a cenar, mas yo me excusé, porque no estaba para ello; y así me fui a acostar con harta tristeza, pensando en todas las cosas que aquel día habían pasado.

Estando así pensativo, llegó mi amiga Andria, la cual venía más desemejada que antes era, la cara no alegre, ni con habla graciosa; mas con mucha pena empezó a decir:

—Yo soy culpada en tu afrenta y enojo; lo que a causa de otro a mí me mandaron que hiciese, por mi desdichada y mala suerte se tornó y cayó en tu injuria.

Entonces yo le rogué me dijese en qué manera aquel su yerro se convirtió en mi daño.