ȃl era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio.

»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules Juliano Abito y Claudio Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas las artes liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros cartagineses, de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la ciudad insigne de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África.

»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo se sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran parte; conviene a saber: la afición de la poesía y la política, geometría, y la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el manjar real de la filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio alcanzó las nueve ciencias liberales.

»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera, que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres.

»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes, de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza y vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se vence.

»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y en la descripción de los hombres.

»Asimismo escribió dos libros de la enseñanza de Platón, donde recoligió breve y doctamente lo que Platón escribió en diversos libros.

»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos once libros de El asno de oro, con tanta hermosura y elegancia y diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se puede llamar Asno de oro, por el estilo, cubierto de oro, y la hermosura de su decir.

»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según que enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo; y así se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de esto, la reformación de asno en hombre significa que, vencidos los vicios y quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el hombre de dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel y cieno del pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara y luciente vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos poseídos de los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más ancianos, mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces, apartando de si la figura de bestia, tornan a recibir la de hombre.

»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que, estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin perturbación alguna.