»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en la vida de Lucio Apuleyo.
»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien vivir.»
Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos detalles pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus doctrinas filosóficas.
Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de Mandaura (hoy Orán), es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su madre sobrina de Plutarco.
De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no es la de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas artes, afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria, recorrió Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las doctrinas de los neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas de Atenas, como también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de la elocuencia declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se aplicaba a todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias; que agotado su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender hasta sus propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y estudió el derecho y la retórica.
Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia.
Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus discursos.
En su Apología, que es la antes citada defensa contra la acusación de los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que inspiraba, de las estatuas que le dedicaron y de la influencia que gozaba en el Senado y entre los magnates. Recuerda con énfasis la variedad de sus aptitudes y su admirable facilidad de palabra, que le proporcionaron tantos rivales y acaso tantos enemigos.
Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica, Pudentila, acusándole de haber empleado artes de magia para hacerse amar de una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo de Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo, donde Apuleyo pronunció su Apología, inspirándole la defensa de su honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia.
Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico.