Y luego, buscando un palo topó con un haz de leña que allí estaba, del cual sacó un valiente leño nudoso y más grueso de cuantos allí había, y comenzó a sacudirme tantos palos, que no acabó hasta que sonó un gran ruido y golpes en las puertas de casa, y con temor de la vecindad, que daba voces: ¡Ladrones, ladrones! De esto él, espantado, huyó. Y sin más tardar, súpitamente abiertas las puertas, entró un montón de ladrones, los cuales, armados, cercaron la casa por todas partes, resistiendo a los que venían a socorrer de una parte y de otra; porque como ellos venían todos bien armados, con sus espadas y armas, y con hachas en las manos que alumbraban la noche, de manera que el fuego y las armas resplandecían como rayos del sol. Entonces llegaron a un almacén que estaba en medio de la casa, bien cerrado con fuertes candados, lleno de todas las riquezas de Milón, y con fuertes hachas quebraron las puertas, el cual abierto, sacaron de él todo cuanto allí había, y muy prestamente hechos líos de todo ello, repartiéronlos entre sí; pero la mucha carga excedía el número de las bestias que lo habían de llevar. Entonces ellos, puestos en necesidad por la abundancia de la gran riqueza, sacaron del establo a nosotros, ambos los asnos y a mi caballo, y cargáronnos con cuantas mayores cargas pudieron, y dejando la casa vacía y metida a sacomano, dándonos de palos nos llevaron, y para que les avisase de la pesquisa que se hacía de aquel delito, dejaron allí uno de sus compañeros; y dándonos mucha prisa y palos, nos llevaron fuera de camino por esos montes.
Yo, con el gran peso de tantas cosas como llevaba, y con las cuestas de aquellas sierras, y el camino largo, casi no había diferencia de mí a un muerto. Yendo así vínome al pensamiento, como quiera que tarde, pero de veras, de llamar el ayuda y socorro de la justicia para que, invocando el nombre del emperador César, me pudiese librar de tanto trabajo. Finalmente, como ya fuese bien claro el día, pasando por una aldea bien llena de gente, porque había allí feria aquel día, entre aquellos griegos y gentes que allí andaban intenté invocar el nombre de Augusto César en lenguaje griego, que yo sabía bien por ser mío de nacimiento. Y comencé valientemente y muy claro a decir: «¡Oh, oh!» Lo otro que restaba del nombre de César nunca lo pude pronunciar.
Los ladrones, cuando esto oyeron, enojados de mi áspero y duro cantar, sacudiéronme tantos palos, hasta que hicieron del triste de mi cuero tal, que aun para cribas no era bueno.
Al fin Dios me deparó remedio no pensado, que como pasamos por muchas aldehuelas, vi estar un huerto muy hermoso y deleitable a donde había rosas muy hermosas y llenas del rocío de la mañana; yo, como las vi, con gran deseo y ansia esperando la salud, alegreme, y muy gozoso llegueme cerca de ellas; y ya que movía mis labios para comer, vínome a la memoria otro consejo muy más saludable, creyendo que si comía de aquellas rosas y de improviso dejase de ser asno y me tornase hombre, manifiestamente me ponía en gran peligro de morir por las manos de los ladrones, porque sospecharían que yo era nigromántico, o que los había de descubrir y acusar del robo. Entonces, con este pensamiento me aparté de ellas, padeciendo mi desdicha presente en figura de asno, royendo heno y cebada como los otros animales, esperando la ventura.
LIBRO IV.
ARGUMENTO.
Apuleyo, tornado asno, cuenta elocuentemente las fatigas y trabajos que padeció en su larga peregrinación, andando en forma de asno y reteniendo el sentido de hombre. — Entremete a su tiempo diversos casos de los ladrones. — Asimismo escribe de un ladrón que se metió en un cuero de osa para ciertas fiestas que se habían de hacer, y de una doncella que robaron.
I.
Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron los ladrones desde la ciudad de Hipata hasta llegar a la cueva de su morada.