Estas y otras cosas me decía Andria, por lo cual me daba cada vez más gana de hacerme ave, por probar estos hechizos. Mas Andria decía que yo me perdería y que no sabría volver, y otras muchas cosas me ponía delante. Yo le decía que sí volvería y que no recelase de hacerlo.

Ella, con mucha prisa y temor, se metió en la cámara y sacó una de las bujetas. Así que prestamente yo me desnudé, y con mucha ansia metí la mano en la bujeta y tomé un buen pedazo de aquel ungüento, con el cual refregué todos los miembros de mi cuerpo.

Ya que yo con buen esfuerzo sacudí los brazos, pensando tornarme en ave semejante que Pánfila se había tornado, no me nacieron plumas, ni los cuchillos de las alas, antes los de mi cuerpo se tornaron sedas, y mi piel delgada se tornó cuero duro, y los dedos de las partes extremas de pies y manos, perdido el número, se juntaron y tornaron en sendas uñas, y del fin de mi espinazo salió una grande cola; pues la cara muy grande, el hocico largo, las narices abiertas, los labios colgando, y las orejas alzábanseme con unos ásperos pelos, y en todo este mal veía que también me crecía mi natura. Así que estando considerando tanto mal como tenía, vídeme tornado, no en ave, mas en asno. Y queriéndome quejar de lo que Andria había hecho, ya no podía, porque estaba privado de gesto y voz de hombre; y lo que solamente pude era que, caídos los bezos, los ojos hundidos, mirando un poco de través a ella, callando la acusaba y me quejaba, la cual, como así me vido, abofeteando su cara, y arañándose, lloraba diciendo:

—Mezquina de mí que soy muerta: el miedo y priesa que tenía me hizo errar, y la semejanza de las bujetas me engañó; pero bien está, que fácilmente habremos el remedio para reformarte como antes. Porque solamente mascando unas pocas de rosas te desnudarás de asno y luego te tornarás mi Lucio. Pluguiera a Dios que, como otras veces yo he hecho, esta tarde hubiera aparejado guirnaldas de rosas, porque solamente no estuvieras en esa pena espacio de una noche; pero luego en la mañana te será dado el remedio prestamente.

En esta manera ella lloraba: yo, como quiera que estaba hecho perfecto asno, y por Lucio era bestia; pero todavía retuve el sentido de hombre. Finalmente, yo estaba en gran pensamiento y deliberación, si mataría a coces y bocados aquella maligna y falsa hembra; pero de este pensamiento temerario me aparté, porque si matara a Andria, por ventura también matara y acabara el remedio de mi salud. Así que, bajada mi cabeza y murmurando entre mí, y disimulada esta temporal injuria, obedeciendo a mi dura y adversa fortuna, voyme al establo, donde estaba mi buen caballo que me había traído, donde asimismo hallé otro asno de mi huésped Milón, que estaba con él.

Entonces yo pensaba entre mí si algún natural distinto y conocimiento tuviesen los brutos animales, que aquel mi caballo, revestido de alguna mancilla, me hospedara y diera el mejor lugar del establo; mas él y el otro asno juntaron las cabezas como que hacían conjuración contra mí para destruirme, temiendo que les comiese la cebada; apenas me vieron llegar al pesebre, cuando, abajadas las orejas, con mucha furia me siguen echando pernadas, de manera que me hicieron apartar de la cebada, que yo poco antes les había echado. En esta manera maltratado y desterrado, me aparté en un rincón del establo.

V.

Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron súpitamente ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de los ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó.

De esta manera estaba hecho asno, pensando en la soberbia de mis compañeros, y también las cosas que a la mañana había de hacer para volverme Lucio, y la venganza que había de tomar en mi caballo. Estando pensando esto miré a una columna, sobre la cual se sustentaban las vigas de la casa; y vi en ella estar una imagen de la diosa Hipona, la cual estaba adornada de rosas frescas. Finalmente, que conocido mi saludable remedio, lleno de esperanza me alcé cuanto pude con los pies delante todos, y levanteme esforzadamente, y tendido el pescuezo, alargando los bezos con cuanta fuerza yo podía, procuraba llegar a las rosas. Lo cual yo con mala dicha procuraba alzándome muchas veces; mas un mi criado que tenía cuidado de dar pienso al caballo, viéndome levantar, se vino a mí con grande enojo, y dijo:

—¿Quién trajo aquí esta jaca castrada? De antes quería comer la cebada a los otros, y ahora quiere hacer enojo a la imagen de la diosa; por cierto que a este asno sacrílego yo le quiebre las piernas y lo amanse.