Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras cosas de gusto.
Brevemente contaré del sitio donde habitaban estos ladrones. Era allí una montaña bien alta, muy horrible y umbrosa, de muchos árboles silvestres; de esta montaña descendían ciertos cerros llenos de muy ásperos riscos y peñas, que no había persona que pudiese llegar a ellos, los cuales la ceñían; abajo había muchas y hondas lagunas, en aquellos valles llenos de espinas y zarzas, que naturalmente fortalecían aquel lugar. De encima del monte descendía una fuente de agua muy hermosa y muy clara, que parecía color de plata, y corría por tantas partes, que henchía los valles que abajo estaban a manera de un mar o de un gran río o lago que está quedo. Aquí estaba la cueva de estos ladrones, a donde nos descargaron, y ellos, cargados de lo que nosotros traíamos, lanzáronse en la cueva, y a nosotros nos ataron con cabestros bien recios a la puerta.
Luego empezaron a reñir con una vejezuela, la cual sola tenía cargo de la salud de tantos mancebos, diciendo:
—¡Oh sepulcro de la muerte, deshonra de la vida, enojo del infierno, así nos has de burlar, estándote sentada no haciendo nada, que nos tengas aparejado algún solaz por tantos trabajos como hemos pasado, que tú días y noches no entiendes en otra cosa sino echar vino en ese tu vientre sediento que nunca se harta!
La vieja, con su voz medrosa, temblando respondió:
—¡Oh señores valientes mancebos, todo está presto y aparejado abundantemente; yo tengo guisado de comer muy sabroso, mucho pan, y vino puesto en sus copas, y también agua cocida para que todos os lavéis!
Acabando la vieja de decir esto, ellos se desnudaron luego, y lavados con agua caliente, se untaron con aceite. Y puestas las mesas con sus manjares, sentáronse a comer.
Luego, en aquel tiempo que se sentaron a la mesa llegaron otros mancebos, los cuales en viéndolos quienquiera diría que eran ladrones como los otros, porque también traían muchos vasos y monedas de oro y plata, y ricas vestiduras. Así que, por el semejante lavados y refrescados, sentáronse a comer con sus compañeros. Ellos comían y bebían sin orden los manjares a montones; el beber sin cuenta ni razón; burlaban unos con otros, cantaban y reían motejándose.
Entonces un mancebo de aquellos, que parecía más valiente que los otros, dijo:
—Nosotros batimos esforzadamente la casa de Milón, de Hipata, y demás de la presa y grandes riquezas que por nuestro esfuerzo ganamos, tornamos todos a nuestra casa sin que uno faltase, y aun si hace al caso, digo que vinimos ocho pies más acrecentados. Pero vosotros que habéis andado por las ciudades de Beocia, donde perdisteis a vuestro capitán Lámaco y habéis disminuido el número de vuestra compañía. Cierto, yo más quisiera su salud y vida, que todo cuanto trajisteis en estos líos y fardos; pero como él haya muerto con esfuerzo y valentía, la memoria y fama lo hará vivir para siempre. Que, hablando verdad, vosotros sois ladrones medrosos, y para hurtos pequeños, andando por casillas de viejas y otras pobres.