A esto respondió uno de aquellos:

—¿Cómo ahora sabes que las casas mayores son más fáciles de robar que las otras pequeñas? Porque como quiera que en las casas grandes haya muchos servidores, cada uno cura más de su salud que de la hacienda de su señor. Pero los hombres de bien, solitarios y modestos sus bienes, pocos o muchos, disimuladamente los encubren, y reciamente defienden, y con peligro de su sangre y vida los fortalecen. El mismo negocio que ahora paso, os hará creer lo que digo. Casi como llegamos a Tebas, ciudad de Beocia, que es la más principal para el trato de nuestro arte, andando con diligencia buscando lo que habíamos de robar entre los populares, no se nos pudo esconder Criseros, un cambiador muy rico, y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos y pechos de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran riqueza. Finalmente, que él, solo y solitario en una pequeña casa, aunque bien fortalecida, contento, sucio y mal vestido, dormía sobre los zurrones de oro. Así que todos de un voto acordamos que el primer ímpetu y combate fuese en esta casa, porque todos a una, comenzada la batalla, sin dificultad pudiésemos apañar los dineros de aquel cambiador rico. Lo cual puesto en obra al principio de la noche, fuimos a las puertas de su casa, las cuales ni pudimos alzar, ni mover, ni quebrar, porque como eran fuertes, al ruido de ellas despertó la vecindad toda en daño nuestro. Entonces aquel esforzado nuestro capitán y alférez Lámaco, con la furia de su gran esfuerzo y valentía, metió la mano poco a poco por aquel agujero que se mete la llave para abrir la puerta, y procuraba arrancar el pestillo o cerradura; pero aquel Criseros, malvado y maligno más que hombre del mundo, estaba vestido, y sintiendo lo que pasaba, vino hacia la puerta muy pacífico, que casi no resollaba, y traía en su mano un gran clavo y martillo, con el cual, súbitamente, con gran golpe clavó la mano de nuestro capitán en la tabla de la puerta, y dejado allí cruelmente clavado, como quien lo deja en la horca, subiose encima de una azotea de su casa, y de allí con grandes voces llamaba a los vecinos muy ahincadamente. Cuando los vecinos oyeron esto, cada uno espantado del peligro que podía venir a su casa por la del cambiador, venían corriendo a socorrerle. Entonces nosotros, puestos en uno de dos peligros, o de matar nuestro compañero, o desampararlo, acordamos un remedio terrible, queriéndolo él, y fue que le cortamos el brazo por la coyuntura del hombro, y dejado allí el brazo, atada la herida con muchos paños, porque la sangre no hiciese rastro por donde nos siguiesen, arrebatamos a Lámaco, y llevámoslo como pudimos, y como íbamos huyendo, ni él nos podía seguir, ni nos lo podíamos llevar, ni podía quedar seguro, y como era valiente, animoso y esforzado, viendo que no podía escapar de las manos enemigas, con mucha instancia nos rogaba, por la diestra del dios Marte y por el juramento que entre nos había, que lo matásemos, diciendo asimismo que cómo había de vivir un hombre teniendo el brazo cortado, con el cual solía robar y degollar, que él se tendría por bien aventurado si muriese a manos de sus compañeros. Así que después que vido que a ninguno de nosotros pudo persuadir que lo matase, tomó con la otra mano un puñal que traía y metióselo por los pechos. Nosotros, alabando el esfuerzo de tal varón, tomando su cuerpo envuelto en una sábana, lo echamos en la mar. Y así quedó allí nuestro capitán Lámaco, el cual hizo fin conforme a su oficio. Pues el nuestro compañero Alcimo, que tenía muy astutos principios, no pudo huir la sentencia de la cruel fortuna, el cual después de entrado en casa de una vejezuela, que estaba durmiendo, subió a la cámara donde dormía, y pudiera muy bien ahogarla si quisiera, pero quiso primero echar por una ventana a la calle todas las cosas que tenía, y ya que tenía todo echado, no quiso perdonar a la cama en que la vieja dormía. La mala vieja, viendo esto, le dijo llorando:

—Hijo, ruégote que me digas por qué echas mis cosas pobres al vecino rico, sobre cuya huerta cae esta ventana.

Alcimo, medio turbado, llegose a la ventana por ver si era así, mas la vieja, que lo vio medio salido de la ventana, mirando a una parte y a otra, súbitamente lo empujó, y dio con él abajo, donde se le abrió la cabeza, y contándonos el engaño que le hizo la vieja, acabó de morir, al cual dimos sepultura en la mar, como a nuestro capitán Lámaco.

III.

Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico con una graciosa industria de una osa.

—Después de la pérdida de estos dos compañeros, nosotros, tristes y con pena, parecionos que debíamos dejar de entender en las cosas de aquella provincia de Tebas, y acordamos de venirnos a una ciudad que estaba cerca, que ha nombre Plates; en la cual hallamos gran fama de un hombre que moraba allí, llamado Demócares, el cual celebraba grandes fiestas al pueblo, porque él era más principal en la ciudad, hombre muy rico y liberal, y hacía estos placeres y fiestas al pueblo por mostrar la magnificencia de sus riquezas. ¿Quién podría ahora explicar y tener idóneas palabras para decir tanta facundia de ingenio, tantas maneras de aparatos como tenía? Los unos eran jugadores de esgrima afamados de sus manos; otros cazadores muy ligeros para correr; en otra parte había hombres condenados a muerte, que los engordaban para que los comiesen las bestias bravas. Había asimismo torres hechas de madera a la manera de unas casas movedizas, que se traen de una parte a otra, las cuales eran muy bien pintadas, para acogerse a ellas cuando corrían toros u otras bestias en el teatro. Demás de esto, ¿cuántas maneras de bestias había allí y cuán fieras y valientes? Tanto era su estudio de hacer magníficamente aquellos juegos, que buscaba hombres de linaje que fuesen condenados a muerte, para que peleasen con las bestias; pero sobre todo el aparato que buscaba para estas fiestas principalmente y con cuánta fuerza de dineros podía, procuraba tener número de grandísimas osas, demás de de las que él hacía cazar, de las que a poder de dinero compraba.

Mas este tan claro y magnífico aparejo de placer y fiesta popular, no pudo huir los ojos mortales de la envidia. Porque con la fatiga de estar mucho tiempo presas, y con el gran calor del verano, y también por estar flojas y perezosas por no andar ni correr, dio tan gran pestilencia en ellas, que casi ninguna quedó. Estaban por estas plazas muchas de ellas muertas con tanto estrago, que parecía haber hecho naufragio de bestias.

Aquellos pobres del pueblo, a los cuales la pobreza y necesidad constriñe a buscar algo para henchir el vientre, sin escoger manjares andaban tomando de la carne de aquellos animales que por allí estaban, para hartarse.

Cuando yo y este nuestro compañero Bardulo vimos aquello, inventamos del mismo negocio un muy sutil consejo, y era que estaba allí una osa muerta mayor que todas las otras, la cual de noche llevamos a nuestra estancia, y allí la desollamos muy bien, no tocándose en las uñas ni en la cabeza. Tomamos el cuero, y polvoreado por encima, pusímoslo a secar al sol. Nosotros nos conjuramos para el negocio, e hicimos juramento que uno de nosotros, el más valiente, se metiese dentro en aquella piel y se hiciese osa, y la llevaríamos de noche a casa de Demócares, para que nos abriese las puertas cuando todos durmiesen. Y para esto escogimos por todos a Trasileón, el cual con gran ánimo se metió en el cuero y comenzó a tratarlo y ablandarlo, para ejercitar en lo que había de hacer. Y nosotros rehenchimos algunas partes de él con lana para igualarlo todo; cosímoslo, y con los pelos de una parte y otra cubrimos la costura muy bien; hicimos a Trasileón que juntase su cabeza con la de la osa cerca del pescuezo, y por las narices y ojos de la osa abrimos ciertos agujeros por do pudiese mirar y resollar. Así que nuestro valiente compañero hecho bestia, metímoslo en una jaula.