De esta manera, prosiguiendo en nuestro negocio, supimos como este Demócares tenía un gran amigo en Tracia, del cual fingimos carta que le escribía, diciendo que por honrar sus fiestas le enviaba aquel presente, que era la primera bestia que había cazado. Y siendo ya noche, aprovechándonos del ayuda de ella, presentamos la jaula, con Trasileón dentro, a Demócares, y dímosle la carta falsa. El cual, maravillándose de la grandeza de la bestia, y muy alegre con la liberalidad de su amigo, nos mandó luego dar diez ducados.

Todos venían a ver la osa y decían no haber visto cosa tan grande; mas Trasileón daba muchas vueltas, saltando de una parte a otra, porque no viesen en alguna señal el engaño. Y así, todos a una voz decían que era muy espantable, ligera y grande. Así que Demócares mandaba llevar la osa a un buen pasto do tenía otras; mas yo le dije:

—Mira, señor, lo que haces, porque esta bestia viene fatigada del camino; no debía echarse con las otras fieras, mayormente que me dicen que están todas dolientes, antes sería bueno que la dejases en este patio, do corre este caño de agua, para que de noche se recree.

Con estas palabras, Demócares, habiendo miedo de que se le muriese aquella, como las otras muchas que se le habían muerto, fácilmente consintió a nuestras persuasiones, y mandó que pusiésemos la jaula o caja donde a nosotros pareciese; demás de esto yo dije que si él mandaba, que estábamos prestos de velar algunas noches cerca de la jaula para dar de comer y beber a la bestia cuando menester fuese, porque prestamente se le quitase la fatiga del sol y el cansancio del camino.

A esto respondió Demócares:

—No es menester que os pongáis en ese trabajo, porque todos los de mi casa, por la larga costumbre, están bien ejercitados para saber curar estas bestias.

Dicho esto, tomamos licencia y nos fuimos. Saliendo por la puerta de la ciudad vimos estar un enterramiento apartado y escondido del camino; allí abrimos algunos de aquellos sepulcros medio abiertos, donde moraban aquellos muertos hechos ceniza y comidos de carcoma, para esconder allí lo que robásemos.

Después, al principio de la noche, según es costumbre de ladrones, al primer sueño, cuando más gravemente carga los cuerpos humanos, con toda nuestra gente armada nos fuimos a poner ante las puertas de Demócares para robarlo, como cuando vamos citados a juicio.

No menos fue perezoso Trasileón, que como vido la oportunidad de la noche, saltó fuera de la jaula, abrionos las puertas, y como nosotros prestamente nos metiésemos en casa, mostronos un almacén donde aquella noche sagazmente él vio meter y encerrar mucha plata, al cual, quebradas las puertas por fuerza, mandó a cada uno de los compañeros que entrasen y cargasen cuanto pudiesen llevar de aquel oro y plata, y prestamente lo llevasen a esconder en las casas de aquellos fieles muertos, y que luego corriendo tornasen por más, y que para lo demás yo quedaría allí al umbral de las puertas, a resistir si alguno viniese, y para espiar solícitamente hasta que tornasen.

De más de esto la osa andaba por casa aparejada para matar a los que despertasen, porque, en la verdad, ¿quién podría ser tan fuerte y esforzado que viendo una forma de bestia tan fiera, y mayormente de noche, que, vista, no se pusiese en huir aceleradamente, o que no echase la aldaba a la puerta de su cámara y se encerrase de miedo?