—Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de buena disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos tuvimos grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para velarnos, de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y enramada de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi madre ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por esta causa me afligía más que de antes.

Entonces la vieja, suspirando, le dijo:

—Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas, o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo.

La cual luego comenzó en esta manera:

V.

Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina.

—Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las dos mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir. Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas adoraciones la honraban y adoraban.

Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que esta era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su fama crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra, por ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo, ni a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar. Sus templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana la adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos le sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle, todo el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y honraban.

Esta honra que se daba a esta doncella encendió mucho en ira a la propia diosa Venus, y riñendo entre sí, dijo:

—Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio y nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de sufrir que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y que mi nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y que en cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o a esta doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a esta que mi honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su hermosura.