Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole de esta manera:
—¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores, que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el mundo se halle!
Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies holló el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a donde todas las ninfas le vinieron a servir.
Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que es guiador del Delfín, y las compañas de los tritones, saltando por la mar, unos tocando trompetas, otros traían un palio de seda, porque el sol no le tocase; otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta manera, nadando con sus carros por la mar, todo este ejército acompañó a Venus hasta el Océano.
Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún fruto recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey, ni otro alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina hermosura, pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente fabricada.
Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban de verla.
El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera:
—Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más alto peñasco que hallares, y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido de linaje mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente, el cual, volando, fatiga con sus saetas a todos.
El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste y de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual lloraron y gimieron algunos días.
En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro. De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad, detenía el negocio, llorando amargamente.