Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a reprender de esta manera:

—¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás de lo que te he amonestado.

Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable a sus hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere. Pero muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase de saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que caería de tanta felicidad como tenía.

Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que le daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a sus hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó, y viniendo la mañana se partió del lecho.

Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y abrazar a quien lloráis.»

Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que su marido le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su mandamiento, trajo luego a sus hermanas muy mansamente, sin fatiga ni peligro alguno, y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a otras con grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen en su casa alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga, deleitándose en ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines.

II.

Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia.

—Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique, disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído.

Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con la hiel de la envidia que les crecía, y una otra hablaban sobre ello muchas cosas, entre las cuales la una dijo esto: