Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera:
—¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será este que tan presto se hizo viejo?
—Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos.
IV.
Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, y del mal consejo que le dieron y lo que acaeció a Psique.
Al otro día, sin poder tomar reposo, luego las dos hermanas fueron al risco o peñasco, de donde, con la ayuda del viento acostumbrado, volaron hasta casa de Psique, y con unas pocas lágrimas que por fuerza y apretando los ojos sacaron, comenzaron a hablar a su hermana de esta manera:
—Tú piensas que eres bienaventurada y estás segura y sin ningún cuidado, no sabiendo cuánto mal y peligro tienes; pero nosotras, que con grandísimo cuidado velamos sobre lo que te cumple, mucho somos fatigadas con tu daño, porque has de saber que hemos hallado por verdad que este tu marido que se echa contigo es una serpiente grande y venenosa; lo cual, con el dolor y pena que de tu mal tenemos, no te podemos encubrir, y ahora se nos recuerda de lo que el dios Apolo dijo cuando le consultaron sobre tu casamiento, que tú eras señalada para casarte con una cruel bestia. Y muchos de los vecinos de estos lugares, que andan a cazar por estas montañas, dicen que han visto este dragón por aquí cerca, y que se echa a nadar por este río para pasar acá, y todos afirman que te quiere engordar con estos regalos y manjares que te da; y cuando esta tu preñez estuviere más crecida, y tú estuvieres bien llena, por gozar de más hartura, que te ha de tragar. Tú ahora, hermana, mira bien lo que te decimos, porque mejor será que vivas entre los tuyos, que no estar aquí solitaria en peligro tan grande.
Psique, como era muchacha y de noble condición, creyó lo que le dijeron, y con palabras tan espantables, salió casi de seso, por lo cual olvidó las amonestaciones de su marido; y así, turbada, les dijo:
—Vosotras, hermanas, hacéis lo que debéis a virtud, y eso que decís trae camino, porque yo hasta hoy nunca pude ver la cara de mi marido; solamente le oigo hablar de noche, y así paso con marido incierto que huye de la luz, y siempre me amenaza que me vendrá gran mal si porfío ver su cara.
Cuando las malas mujeres hallaron el corazón de su hermana descubierto, dejados los engaños secretos, comenzaron con las espadas desenvainadas públicamente a combatir el pensamiento temeroso de la simple mujer, y la una de ellas dijo de esta manera: