—El mejor camino que yo veo en este negocio es que has de esconder secretamente en la cama donde te sueles acostar, una navaja bien aguda, y pondrás un candil lleno de aceite, encendido, debajo de alguna cobertura al canto de la cámara, y con este aparejo, disimuladamente, cuando viniere aquel serpiente a acostarse como suele, desde que ya tú veas que él duerme, salta de la cama, y muy pasico, saca el candil de debajo de donde está escondido, y con la navaja en la mano, con el mayor esfuerzo que pudieres, dale en el nudo de la cerviz de aquel serpiente venenoso, y córtale la cabeza; y no pienses que te faltará nuestra ayuda y favor, porque después de esto hecho te llevaremos en nuestra compañía con todas estas riquezas, y te casaremos con quien mereces.

Con estas palabras encendieron tanto las hermanas a Psique, que la dejaron ardiendo, y ellas, temiendo del mal consejo que le daban no les viniese algún gran mal por ello, se partieron luego; y con el viento acostumbrado, se fueron hasta encima del risco, de donde se fueron lo más presto que pudieron, y entráronse en sus naos, y fuéronse a sus tierras.

Psique quedó sola, y llorando pensaba cómo había de hacer aquel negocio; por una parte osaba, y por otra temía. En fin, lo que más le fatigaba era que en un mismo cuerpo aborrecía la serpiente y amaba a su marido.

Ya que la noche venía, comenzó a aparejar el candil y navaja, para su mal. Siendo de noche, vino el marido a la cama, el cual, desde que hubo burlado con ella, comenzó a dormir suavemente. Entonces Psique se levantó de la cama, y sacado el candil debajo de donde estaba, tomó la navaja en la mano, y como alumbrase con el candil, y descubriese todo el secreto de la cama, vio una bestia la más mansa y dulce de todas las fieras; digo que era aquel dios del amor, que se llama Cupido, el cual estaba acostado muy hermosamente, y con su vista alegrándose, la lumbre del candil creció, y la aguda y sacrílega navaja resplandeció.

Cuando Psique vio tal cosa, espantada y fuera de sí, se cortó y cayó sobre las rodillas, y la navaja se le cayó de las manos. Estando así fatigada y desfallecida, cuanto más miraba la cara divina de Cupido, tanto más se recreaba con su hermosura. Ella le vio los cabellos como hebras de oro, llenos de olor divino; el cuello blanco como la leche; la cara blanca y roja, como rosas coloradas, y los cabellos de oro colgando por todas partes que resplandecían como el sol, y vencían la lumbre del candil. Tenía en los hombros péñolas de color de rosas y flores; y todo lo demás del cuerpo estaba hermoso, como convenía a hijo de la diosa Venus, que lo parió sin arrepentirse por ello.

Estaban ante los pies de la cama el arco y saetas; que son armas del dios de amor; lo cual todo estando mirando Psique, no se hartaba de mirarlo; maravillándose de las armas de su marido, saca del carcax una saeta, y estándola tentando con el dedo, a ver si era tan aguda como decían, hincósele un poquito de la saeta, de manera que tiró sangre de color de rosas, y de esta manera Psique, no sabiéndolo, cayó y fue presa en amor del dios de amor. Entonces con mayor ardor de amor se abajó sobre él y lo comenzó a besar con tan gran placer, que temía no despertase tan presto.

Estando ella en este placer herida del amor, el candil que tenía en la mano, o por no serle fiel, o de envidia mortal, o por ventura que él también quiso tocar el cuerpo de Cupido, echó de sí una gota de aceite hirviendo, y cayó sobre el hombro derecho de Cupido.

De esta manera el dios Cupido, quemado, saltó de la cama, y conociendo que su secreto era descubierto, callando, desapareció y huyó de los ojos de Psique, la cual se pegó a una de sus piernas cuando se levantaba, y así fue colgando de sus pies por las nubes del cielo, hasta tanto que, cansada, cayó en el suelo. Pero el dios de amor no la quiso desamparar en la caída, y vino volando a sentarse en un ciprés que allí estaba, de donde la empezó a reprender, diciendo:

—¡Oh, Psique, mujer simple! Yo, no recordándome de los mandamientos de mi madre Venus, la cual me había mandado que te hiciese ser enamorada del más miserable hombre del mundo, te quise bien y fui tu enamorado; pero esto que hice, bien sé que fue hecho livianamente, y yo mismo, que tiro a los otros con mis saetas, me herí a mí, y te tomé por mi mujer, y tú querías cortar mi cabeza. ¿No sabes tú cuántas veces te decía que te guardases de querer ver mi cara? Pero aquellas malas y envidiosas de tus hermanas presto me pagarán el consejo que te dieron.

Diciendo esto, levantose con sus alas y voló en alto hacia el cielo; Psique quedó echada en tierra, y cuanto podía con la vista, miraba cómo su marido iba volando, y afligía su corazón con muchos lloros y gemidos.