—¡Mezquina de ti! ¿Por qué te quieres matar echándote de aquí abajo? Pues que ya este es último peligro y trabajo que has de pasar, porque si una vez tu alma fuere apartada de tu cuerpo, bien podrás ir de cierto al infierno; pero créeme, que en ninguna manera podrás tornar a salir de allí. No está muy lejos de aquí una noble ciudad de Acaya, que se llama Lacedemonia; cerca de esta ciudad busca un monte que se llama Ténaro, el cual está apartado en lugares remotos. En este monte está una puerta del infierno, y por la boca de aquella cueva va un triste camino, por donde si tú entras podrás ir por aquella solitaria vía derechamente a los infiernos, a donde están los palacios del rey Plutón; pero no entiendas que has de llevar las manos vacías, porque te conviene llevar en cada una de las dos una sopa de pan mojada en meloja, y en la boca has de llevar dos monedas, y desde que ya hubieres andado buena parte de aquel camino de la muerte, hallarás un asno cojo cargado de leña, con él un hombre también cojo, el cual te rogará que le des ciertas chamizas para echar en la carga, que se le cae; pero tú pásate callando sin hablarle palabra, y después, como llegares al río donde está Caronte, él te pedirá portazgo, porque así pasa él en su barca de la otra parte a los muertos que allí llegan, porque has de saber que hasta allí entre los muertos hay avaricia; que ni Caronte, ni aquel gran rey Plutón, hacen alguna cosa de gracia, y si algún pobre muere, cúmplele buscar dineros para el camino, porque si no los llevare en la mano no le pasarán de allí. A este viejo le darás, en nombre de flete, una moneda de aquellas que llevares, pero ha de ser que él mismo la tome con su mano de tu boca. Después que hubieres pasado este río muerto, hallarás otro viejo muerto y podrido, que anda nadando sobre las aguas de aquel río, y alzando las manos te rogará que lo recibas dentro en la barca; tú no cures de usar piedad que no te conviene. Pasado el río y andando un poco adelante, hallarás unas viejas tejedoras que están tejiendo una tela, las cuales te rogarán que les toques la mano; pero tú no lo hagas, porque no te conviene tocarles en manera ninguna. Que has de saber que todas estas cosas y otras muchas, nacen de las asechanzas de Venus, que quería que te pudiesen quitar de las manos una de aquellas sopas, lo cual te sería muy grave daño, porque si una de ellas perdieses, nunca jamás tornarías a esta vida. Demás de esto, sepas que está un poco más adelante un perro muy grueso y grande que tiene tres cabezas, el cual es muy espantable, y ladrando con aquellas bocas abiertas, espanta a los muertos, a los cuales ya ningún mal puede hacer, y siempre está velando ante la puerta del oscuro palacio de Proserpina, guardando la casa vacía de Plutón. Cuando aquí llegares, con una sopa que le eches lo tendrás enfrenado y podrás luego pasar fácilmente, y entrarás a donde está Proserpina, la cual te recibirá benigna y alegremente, y te mandará sentar y dar muy bien de comer; pero tú siéntate en el suelo y come de aquel pan negro que te dieren, y pide luego de parte de Venus aquello por que eres venida, y recibido lo que te dieren en la bujeta, cuando tornares amansarás la rabia de aquel perro con la otra sopa, y después cuando llegares al barquero avariento, le darás la otra moneda que guardaste en la boca, y pasando aquel río, tornarás por las mismas pisadas por donde entraste, y así vendrás a ver esta claridad celestial. Pero sobre todo te aviso que en ninguna manera cures de abrir ni mirar lo que traes en la bujeta.

De esta manera aquella torre, habiendo mancilla de Psique, le declaró lo que le era menester.

No tardó Psique, que luego se fue al monte Ténaro, y tomando aquellos dineros y aquellas sopas como le mandó la torre, entrose por aquella boca del infierno, y pasando callando aquel asnero cojo y pagado a Caronte su flete porque la pasase, y menospreciando asimismo el deseo de aquel viejo muerto que andaba nadando, y también no curando de los engañosos ruegos de las viejas tejedoras, y habiendo amansado la rabia de aquel temeroso perro con el manjar de aquella sopa, llegó, pasando todo esto, a los palacios de Proserpina; pero no quiso aceptar el asiento y manjar que Proserpina le mandaba dar, mas contenta con un pedazo de pan, le dio la embajada que de Venus traía, y luego Proserpina le hinchó la bujeta secretamente de lo que pedía.

Psique luego partió, y aplacado el perro bravo con la sopa que le quedaba, y habiendo dado la otra moneda a Caronte el barquero porque la pasase, tornó del infierno más esforzada de lo que entró. Y como este era el postrer servicio que a Venus había de hacer, vínole al pensamiento una temeraria curiosidad, diciendo:

—Bien soy yo necia, trayendo conmigo la divina hermosura, que no tome de ella siquiera un poquito para mí, para poder placer a aquel mi hermoso enamorado.

Diciendo esto abrió la bujeta, dentro de la cual ninguna cosa había, sino un sueño infernal y profundo, el cual cubrió a Psique de una niebla de sueño grueso que la hizo dormir como cosa mortal.

Pero Cupido, ya que convalecía de su llaga, no pudiendo sufrir la larga ausencia de su amiga, saliose por una ventana de su cámara y fue a socorrer a su amiga Psique, y apartado de ella el sueño, y metiéndolo otra vez en la bujeta, la despertó, reprendiéndola de su curiosidad, y díjole más, que llevase la embajada a su madre, que entretanto él proveería lo que fuese menester.

Dicho esto, levantose con sus alas y se fue volando.

Psique llevó lo que traía de Proserpina, y diolo a Venus.

Entretanto Cupido, que andaba muy fatigado del gran amor, la cara amarilla, temiendo la severidad de su madre, tornose almario de su pecho, y con sus ligeras alas volando, se fue al cielo y suplicó al dios Júpiter que le ayudase, y recontole toda su causa.